Rosa Benito, a fuego lento

La televisiva Rosa Benito quemó ayer sus anillos de boda en directo
La televisiva Rosa Benito quemó ayer sus anillos de boda en directo

La puede la teatralidad –aprendió de Rocío Jurado– y pareció alumna aventajada de Nuria Espert. También recordó a las histriónicas sacerdotisas egipcias, quizá a la capitana del coro griego, siempre patético. Emocionó su actuación en fría solemnidad casi merecedora de Oscar, y no me refiero al otorgado graciosamente –que causó carcajadas– a Penélope Cruz por aquella desastrosa «Vicky, Cristina, Barcelona» que no dará gloria a la filmografía de Woody Allen. Resultó un despropósito, mientras lo de Rosa Benito en «¡Sálvame!» osciló entre el melodrama y lo épico: no se había visto nada igual, con la tantas veces estafada maritalmente echando al fuego sus dos alianzas matrimoniales –que parecían aumentadas agónicamente– recuerdo de aquel matrimonio de 1987 o de otro posterior conmemorativo de lo que entonces parecía felicidad eterna. Un espejismo porque Rosa no quería digerir lo que todos advertíamos, a fin de cuentas Amador Mohedano, el «hermanísimo», entonces era un guapo mozo que se las llevaba de calle por encima del atractivo parentesco con «la más grande», ahora casi empequeñecida por esta disgregación familiar típica de comedieta italiana de los 70. Él parece revivir las tropelías amorosas que hicieron famoso a Mastroianni o Vittorio de Sica. Pero volvamos al casi ritual televisivo donde Terelu Campos, íntima de la sufriente protagonista, no reprimió lagrimeo. Caló hondo verla despojarse de los anillos de oro y echarlos en un crisol donde los fundió auxiliada por un experto. Tardaron en esfumarse y casi se echaron encima de «Pasapalabra» ante la angustia de David Valdeperas, ya ideando urgencias. Rosa estuvo imperturbable y sólo lloriqueó en silencio cuando finalizaba ceremonia tan simbólica y efectista que, sin embargo, no le hará olvidar los 35 años compartidos con su marido, que dan para mucho. Derrochó dignidad y belleza: no me atrevería a decir que parecía liberada tras despojarse y fulminar tan representativos símbolos auríferos. Una vida en común, con cuatro hijos, no hay fuego que la haga desaparecer. Batieron récords de audiencia porque el respetable devora tales incidencias domésticas, ya casi tragedia griega, tan sólo empañada por la también récord «Marisa la del chándal» y Chayo Mohedano, que al fin se une al coro de los lamentos, aunque se crea solista; ínfulas no le faltan. Aportó lo suyo al melodrama inacabable que nos mantiene con el ánimo encogido cuando no sorprendido. A Rosa la quiero bien y de lejos. Siempre la previne de lo que yo sabía de Amador, avisos que ella no consideró. De aquellos polvos, estos lodos que la han conducido a «ser arrastrada por el fango», como ella dice en lamento folletinesco, pero cierto y vivido. Chayo había evitado pronunciarse con la Campos en «¡Qué tiempo tan feliz!», reservándose opinar en platós mejor pagados. Ahí no se contuvo y en seguida se apuntó al carro en letanía dolorosa que parece interminable. A ver si el simbólico fuego resulta purificador y aclara a la engañada, a quien su rival iluminó o quizá fueron los espectadores quienes resultaron aniquilados por la gran tensión de sesión continua.