Besos con espinas

La Razón
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Tiene gracia que muchas de las personas que alguna vez me pidieron que cambiase de vida se sintieron decepcionadas al demostrarles que sería capaz de hacerlo. No me atrevo a jurarlo, pero casi estoy seguro de que mi propia familia desea que mejore mi manera de vivir y, sin embargo, en el fondo temen que sus esfuerzos sirvan realmente para algo. No querría que alguien se sienta ofendido, pero la verdad es que mi relación con las mujeres fue más fácil a raíz de que en la ciudad se corriese la voz sobre mi mala vida. Puede que sea triste reconocerlo, pero en sus relaciones sociales a un hombre sus perversiones le abren más puertas que sus modales, muchas más que de las que le abren sus llaves. Yo nunca quise descubrir mis cartas, así que me dejé ir por la pendiente y procuré no decepcionar a nadie. Fui todo lo perverso que se esperaba, tan malvado como sospechaban de mí y la verdad es que en todos aquellos años jamás nadie pudo jurar que me viese vomitar lo que acabase de llevarme a la boca. Llegó un momento en el que me metí tan dentro del papel que no me importó alternar con hombres que no tuviesen conciencia, ni con mujeres que estuviesen sin lavar. La conquista de la amoralidad es más fácil a partir de que te resulte indiferente el jabón de tocador. En el estilo de vida que yo he llevado durante tantos años, nada hay como dominar el asco para mantener a raya la conciencia. Puede que decir algo así resulte indecente, pero debo admitir que si en aquellas horribles noches de vicio e impostura conseguí cierto control sobre mis actos, no fue por mi desesperada entereza sino, lisa y llanamente, porque la gente del arroyo me enseñó que lo que en circunstancias extremas altera el sueño de un hombre no es exactamente su conciencia, sino su olfato. Ahora mi vida ya no es aquella y no sé muy bien si acerté al rectificar o tarde o temprano la echaré de menos y volveré a las andadas. Lo que tengo claro es que nunca supe muy bien si lo que echan de menos mis parejas de entonces es mi voz, mi palabra o es que sólo añoran mi lengua. La verdad es que yo a ellas las recuerdo con algo de desencanto, con una pizca de estupor y con cariño. Lo nuestro fue como tener sexo y literatura entre las patas de los caballos. Ellas volvieron a sus vidas, yo seguí mi camino y nuestras conciencias se quedaron con nuestros flujos en el filtro de la lavadora. A veces por culpa de tanto olor a pescado me despierta por la noche el maullido de algún remordimiento. «¿Qué harás cuando recuerdes mis besos?», me preguntó una amiga. «Escupir las espinas».