Libertad de creencias

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¿Han visto ustedes la importancia y cancha que suelen darle los medios a eso del derecho o la libertad para cualesquiera cultos y creencias religiosas en nuestro mundo, tantas mezquitas autorizadas, tantas disputas de velo sí o velo no? Y que se nos presente esa autorización de libertades religiosas como timbre de la Democracia que nos rige; como si dijéramos, el derecho a ser idiota de cualquier manera. Lo cual, en efecto, quizá es más propio y esencial del régimen democrático que lo que ellos creen. Pero miren conmigo, lectores, y compadezcan esas caras de respeto, cobardía y acatamiento de las fees ajenas que ponen en el trance nuestros políticos por el consabido cuidado de las supuestas conveniencias que en ello haya para el Estado, esto es, para su Economía, demostrando (eso sí) que el solo dios al que ellos, junto con los otros creyentes, acatan y, en el que creen, es el Dinero. Como que casi le dan ganas a uno de desear que fueran capaces de gritar: «Aquí somos cristianos, por la gracia de Dios, y bastante carga tenemos con que intentemos limpiarnos de tantos pecados como en nombre de nuestro Dios hemos cometido por el mundo y dentro de casa; como para encima tener ahora que abrirles las puertas y los brazos a otros fieles que, bajo el dominio y justificación de otras Fes (que son al fin todas la misma), han hecho igualmente de las suyas, desde, en pequeño, con los espíritus sanguinolentos del Vudú, hasta, con Jehová o Alá, por todo lo alto y ancho». O sea lo que aquel viejo del pueblo le decía al misionero que había ido a predicar otra Fe: «Pero, hombre, ¿qué me viene usté con religiones, si tenemos aquí la verdadera, y todavía no creemos?».