Chica con horóscopo

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A una joven amiga que me ha pedido consejo sobre cómo reaccionar cuando tiene malas noticias le he advertido que lo mejor que puede hacer con cualquier recomendación mía es desentenderse de ella. De todos los grandes gestos de los que es capaz un hombre cuando le piden consejo, a mí el más interesante siempre me ha parecido el gesto realista y sincero de encogerse de hombros. También le he dicho que la felicidad no consiste en no cometer errores, sino en encajar su impacto y en saber aprovecharlos. En la vida, como en el juego, lo que cuenta son las cartas que en cada momento lleves en la mano. Con una mala jugada en tu poder sería absurdo que le pidieses consejo al tipo que tiene la inmensa suerte de que siempre van a parar a sus manos los mejores naipes. Un tipo que ha convertido casi en una profesión lo que al principio sólo era un vicio me dijo en cierta ocasión que lo único que se puede hacer con la mala suerte del juego es aceptarla y pensar que la felicidad del ganador no es algo que se puede adquirir como consecuencia de un consejo, sino gracias a disponer de dinero para seguir apostando. La esperanza de ganar produce en el jugador el mismo extraño regusto que el riesgo de perder. Es la incertidumbre lo que mide la emoción del juego y rige las alternativas de la vida. Por eso a mi joven amiga le he pedido que no se haga demasiadas ilusiones si las cosas le salen bien, ni se amargue excesivamente en el caso de que le vengan mal dadas. Le conté que en mi caso nada de lo bueno que ocurrió en mi vida fue el resultado de haber escuchado un consejo, ni lo malo vino como consecuencia de haberlo ignorado. He hecho las cosas por mí mismo, a menudo sin criterio, persuadido de que hiciese lo que hiciese no daría en la vida un solo paso que en definitiva no acabase por acercarme sin remedio al cementerio. Cuando me conozca mejor, mi amiga sabrá que jamás he esperado grandes cosas de la vida y que ésa es la razón por la que, cada vez que emprendo un viaje por carretera, lo hago sin entusiasmarme con el deseo de llegar, sino animado por la posibilidad de que haya un bar cerca de donde se me rompa el coche. Anoche mismo le dije a mi joven amiga: «Eres joven, así que puedes hacer cualquier cosa que te tolere tu cuerpo, porque cuando seas mayor, amiga mía, sólo podrás hacer aquellas cosas que te permita tu conciencia. ¿Y sabes qué te digo?, la conciencia es la conquista de quienes ya no pueden mantener la audacia». Mi amiga no dijo nada. Mi amiga está todavía en esa edad irrepetible y sagrada en la que por suerte la experiencia no ha sustituido todavía al horóscopo.