Doña Letizia conquista Luxemburgo

Los Príncipes de Asturias asistieron ayer al enlace religioso del príncipe Guillermo y Stéphanie de Lannoy

Es uno de los momentos más esperados en cualquier boda y los novios no decepcionaron. Hasta en seis ocasiones se besaron en el Palacio Ducal animados por los luxemburgueses

Fueron los grandes ausentes en la cena de gala del jueves que tuvo lugar en el palacio Gran Ducal de Luxemburgo, pero ayer consiguieron acaparar todas las miradas en la alfombra roja flanqueada por otra verde de hierba artificial que conducía al interior de la Catedral de Nuestra Señora de Luxemburgo. Los Príncipes de Asturias acudieron puntuales a la boda católica que unió ayer en matrimonio al príncipe Guillermo de Luxemburgo, heredero del Gran Ducado, y la aristócrata Stéphanie de Lanny. Doña Letizia apostó una vez más por un diseño de su modista de cabecera, Felipe Varela, mientras que Don Felipe vistió un uniforme militar. El «look» de la princesa consistió en un abrigo y un vestido de guipur de seda de color rosa palo, que con la luz tornaba en ciertos tonos malvas. Discreto y menos espectacular que en otras ocasiones –cabe recordar el elegante vestido rojo que lució en la boda de Federico de Dinamarca y Mary Donaldson en 2004–, el diseño siguió la estela del que lució en la boda de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton el año pasado, incluso optó por un sombrero de paja italiana con un lazo de organza realizado por Pablo y Mayaya, los mismos diseñadores vallisoletanos que crearon el que vistió en el enlace británico. En esta ocasión, los zapatos fueron unos clásicos de salón en tono rosa pálido sin plataforma.

Emotivo recuerdo
Aunque el desfile de «glamour» comenzó pasadas las nueve de la mañana, la novia no llegó hasta que las manillas del reloj rozaban las once. El novio, más madrugador y como la tradición dicta, se adelanto, pero tan sólo diez minutos, a su ya esposa –el viernes contrajeron matrimonio civil y Stéphanie adquirió la nacionalidad luxemburguesa renunciando a la belga–, llegó del brazo de su madre, la gran duquesa María Teresa, una vez que los 1.400 invitados habían ocupado sus respectivos asientos. Stéphanie de Lannoyr, descendió de un Daimler DS 420 y caminó hacia el altar acompañada de su hermano Jehan de Lannoy debido a que su padre, el conde Phillippe de Lannoy, se encuentra delicado de salud. Su vestido, a pesar de estar firmado por el siempre exitoso Elie Saab y tener una longitud y patrón excepcional, no consiguió causar el golpe de efecto con el que siempre sorprenden las novias, y más todavía si de enlaces reales de trata.

Aun así, podría apreciarse el minucioso trabajo llevado a cabo por el diseñador libanés. Aseguran que se emplearon más de 3.200 horas de trabajo, ya que el vestido cuenta, entre otros materiales, con más de 80.000 cristales transparentes y más de 10.000 metros de hilo bordado. La tiara con más de 270 brillantes y un diamante en forma de pera invertida que eligió para la ocasión fue una de las preferidas de su madre, quien falleció semanas antes del enlace. Por este motivo, los primeros minutos de la misa fueron dedicados a la memoria de la condesa Alix della Faille de Leverghem con una especial oración.

Y si de elegancia y estilo se trata, una vez más, Carolina de Mónaco fue quien se llevo la palma. Su estilismo fue perfecto. Eligió un diseño ceñido y ligera forma de tubo de Chanel de Alta Costura de la colección otoño-invierno 2010-2012 de color marrón con pedredría y un sobrio tocado, acompañado por unos discretos guantes en un tono más claro. Salvo ella, el resto de las mujeres de las casas reales destacaron por su sobriedad. Tal fue el caso de Victoria de Suecia con un abrigo plisado en tonos grises y un vestido liso tostado o el de Marta de Noruega que consiguió que todos los presentes se fijaran en sus pies al optar por unos «peep toes» de strass. Fue acompañada del príncipe Carlos Felipe de Suecia, que, en esta ocasión prefirió dejar en casa a su novia, la polémica ex «striper» Sofía Hellqvist. Cabe hacer una mención especial a Máxima de Holanda que, al igual que Doña Letizia conquistó a los luxemburgueses con su elección en incluso eclipsó a la propia madrina del enlace que desentonó con un vestido bermellón. La esposa de Guillermo de Holanda eligió una falda negra de tubo y una camisa pistacho con unas originales mangas y un tocado con plumas. Clotilde Courau y Marie-Chantal MillerMary prefirieron los tonos piedra mientras que Mary Donaldson se decantó por un elegante vestido péplum burdeos, mientras que Mette-Marit optó por un poco favorecedor abrigo negro por debajo de la rodilla que ni siquiera dejaba entrever el vestido que llevaba debajo. Su peinado adornado con una diadema tampoco sirvió para que mejorara el «total look».

Una vez concluida la misa oficiada por el Arzobispo Jean-Claude Hollerich que duró dos horas, los novios se dirigieron al Palacio Gran Ducal para asomarse al balcón y hacer las delicias de las miles de personas que se habían congregado en el lugar para darles la enhorabuena. A continuación se ofreció el banquete en el mismo palacio y a las ocho de la tarde un espectáculo de fuegos artificiales festejó al matrimonio real. Para concluir la celebración se ofrecieron una serie de conciertos a los que pudieron asistir los ciudadanos. Todo sucedió tal y como Stéphanie de Lannoy había previsto: una boda de cuento, «y por fin, contraje matrimonio con mi príncipe azul».

 

Una reaparición muy especial
Carolina de Mónaco, Máxima de Holanda y Mary Donaldson (de izquierda a derecha) derrocharon elegancia en la alfombra roja. Tampoco decepcionó una de las invitadas más esperadas, Miriam Ungría, la esposa de Kardam de Bulgaria, quien sufrió un accidente en Madrid, en 2008, del que todavía se encuentra convaleciente. En su primera aparición pública, Miriam acudió del brazo de su cuñado, Kyril de Bulgaria