A la vejez viruelas

Sabine Jost, 52 años. Marie-Ange Schmitt-Lebreton, 64. Eloisa Bercero, incalculable. Paola Kortis, «no digo mi edad porque no lo creerías». ¿Intrusas en la pasarela? No, chata. Mujeres con mucha moda a sus espaldas que ayer contrató Duyos para dar pistas de lo que se llevará el próximo verano. «No lo pensé ni un momento cuando me llamó Juan. Pero al colgar el teléfono, me dije: "Estás loca"», asegura Sabine poco antes de pisar por primera vez una pasarela

En sus tiempos mozos era maniquí de fotografía. «Yo no me despierto por las mañanas pensando en si he envejecido. Más de un día me he levantado de un salto de la cama y ahí es cuando reflexiono: ‘‘Marie-Ange, que te puedes romper la cadera"», comenta la formadora de modelos. «¿Vieja yo? No considero que esté envejeciendo. Ahora es cuando he empezado a vivir, al liberarme de las esclavitudes que conlleva ser esposa, madre, trabajadora… De joven me aburría como una ostra por las obligaciones que tenía. La veteranía es algo más que un grado», detalla Eloisa, una de las pocas españolas que se puede confesar clienta de alta costura.

No al botox

No se crean que sus andares eran un homenaje al Imserso porque ya toca apuntarse a los viajes de invierno. Tampoco simple oportunismo. Una tras otra hicieron su pase-pose con dignidad y estilo, luciendo prenda. Y por qué no decirlo, arrugas. «Nunca me someteré a una operación de cirugía estética ni me pondré botox, aunque me lo regalen, pierdes personalidad», revela Bercero. Y ahora surge la duda: ¿oportunismo viejuno de Duyos para hacerse con la foto del día? «Más les valdría tomar nota a los otros diseñadores y no sacar a quinceañeras, porque es la mujer madura la que tiene más poder adquisitivo y no las adolescentes. Además la población occidental envejece cada vez más», reflexiona Paola, a la que se le saltaban las lágrimas. «Siempre he tenido como referente a las maduritas, desde Bette Davis a Coco Chanel. Busco reivindicar otro tipo de belleza. Estoy cansado de ver a jovencitas anunciado cremas antiarrugas», se defiende el creador. Y es que su historia tenía moraleja y contenido la colección. Desde que decidió bucear en lo «chic», acierta. Dice pasar por su momento personal «más dulce». Y se nota en la aguja y los plisados, en los estampados animales, en las hojas de helecho en guipur y en el tul de seda con rafia en arena.

Ninguna de las «tops» con canas pasó por la prueba del índice de masa corporal que exige Aguirre, aunque bien podrían haberse hecho una analítica con Ana Locking. ¿Qué será de nosotros cuando ponga cotas a su creatividad? Que no se coarte. Ahora le ha dado por estudiar hematología y ya se ha hecho con el doctorado. «Me puse a buscar lo que tenemos dentro del cuerpo para vestir al hombre y a la mujer por fuera», asegura. Dicho y hecho. Bisturí en mano y en el tacón, compró dos fotografías tomadas con microscopio de la sangre y los músculos, y estampado que te crió. Sobre la tela, los leucocitos parecen guindas y la fibra se diluye en ella a modo de dibujos surrealistas. Y donde no hay rojo sangre –o azul, si eres Borbón–, la paleta de colores evoluciona a clase de dermatología: beige, marrón y maquillaje para simular la piel.

Taquicardias de las buenas, las que provocan las mujeres de Andrés Sardá. Eróticas. Y malas. Con pelucas y cara de Bonnie seduciendo a Clyde después de haber vaciado otro banco. Montesinos las habría sacado con látex y látigos. Pero la firma catalana se quita de encima todo lo casposo para refinar corsés y ligueros. Y provocan el infarto. Que venga Ana Locking, que ella sabe de cardiología.

Costura bien resuelta

Por las venas de Jesús del Pozo corre una riada de tejidos y de tonalidades de blancos: del puro al marfil. En un mismo vestido puede entrecruzar encajes poligonales, tul, punto, una red rústica y gasa. No huele a «corta y pega» ni a remiendo, sino a costura bien resuelta y a transparencias que no hacen sentirse incómoda a la mujer, pues lo que deja entrever del cuerpo es más bien poco. Exquisita la capa veraniega con estampados en curva en violetas y amarillos. «Me ha costado lo suyo encajarlo», confiesa. El juego de la superposición también es cosa de Ailanto, que cuidan los forros como si fuera una capa más de cada una de sus prendas y ayuda a dar un nuevo color. Ejemplo: marrón sobre verde para dar un gris plomizo.

Interesante el «patchwork» que exige trabajo sobre la silueta y los tejidos sintéticos, que dan algo de color, pero no lo suficiente para el mes de mayo. ¿Resultado? una colección más de otoño que de primavera. Pero a ellos les da igual aunque se lo dign a la cara.

Tampoco hace examen de conciencia, y debería, Francis Montesinos. Él está la mar de contento con el rastrillo ibicenco que monta: algo de adlib por aquí, volantes por allá, ganchillo del gordo, pololos en los pantalones, alpargatas de cuero, botas de cowboy, Mister España con una camisola de verano de la tía Paca, el gallinero enloquecido cada vez que aparecían Jon Kortajarena y el hijo de José Coronado, y Cristina Tárrega en la primera fila quitándose los «paluegos» del chicle con la lengua… Consejo: para gangas de mercadillo, las de Majadahonda, que son calidad. Como las piezas de Miguel Palacio, sean los trench amplios o los cinturosnes con evocación a las vieiras coruñesas. Ejemplar en los dos vestidos de cóctel con vuelo: el negro de raso y el blanco con flores en relieve que lo mismo se puede poner una jovenzuela que Marie-Ange. A la vejez, viruelas.