CRÍTICA DE CINE / «El castor» La terapia del peluche

Dirección: Jodie Foster. Intérpretes: Mel Gibson, Jodie Foster, Jennifer Lawrence, Anton Yeltchin. Guión: Kyle Killen. Fotografía: Hagen Bogdanski. EE UU, 11. Duración: 91 minutos. Comedia.

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El interés de «El castor» es puramente extracinematográfico, y se reduce a la vida privada de Mel Gibson. Lo que sabemos del Gibson persona carga de resonancias siniestras al personaje de Walter Black. Protagonizada por otro actor, «El castor» sería una película sin ningún interés, una excentricidad abrumada por su propia osadía de tocador. Con Gibson dejándose la piel en el intento de hacer creíble a este maníaco-depresivo que utiliza como voz de su resquebrajada conciencia a un castor de peluche, la película se transforma en un autorretrato doliente, el (falso) documental sobre un actor fracasado que pretende salir a flote con una terapia absurda, que no es otra que interpretar la tragedia de un hombre ridículo.

Mel Gibson hace lo que puede por salvarse y salvar a «El castor» de un naufragio que su premisa, que es más atolondrada que original, promete. Material tan frágil hubiera necesitado un director más arriesgado, menos preocupado por el qué dirán que Jodie Foster. No la acusamos de no llevarla a su terreno: de hecho, la película entronca con ese estudio sobre la soledad y la diferencia titulado «El pequeño Tate», pero también con esa radiografía de la familia disfuncional que es su segunda película, «A casa por vacaciones». El problema está en que la puesta en escena de Foster no hace justicia al delirio de su punto de partida, haciendo que algunas de las situaciones que implican a Gibson y el castor sean patéticas en vez de perturbadoras –pienso en el «menage a trois» en la cama, con Foster como amante esposa–.

Su objetivo es hacer una película que defienda el consenso familiar en lugar de la locura y la libertad, y que busque simetrías imposibles entre padres e hijos, animales y hombres, muertes y amputaciones. Nos queda el consuelo de imaginar el tipo de filme que habría dirigido Richard Kelly con semejante guión. Lo mejor: Ya sabíamos que Mel Gibson es un actor más sensible, más frágil, que lo que sus Mad Max hacían prever. Lo peor: La puesta en escena es chata e impersonal, la antítesis de la supuesta extravagancia de su premisa.