El desastre de la educación en España

La Razón
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En los últimos veinticinco años, España ha conocido hasta seis leyes de Educación. Como tradicionalmente suele suceder en nuestro país, o no llegamos o nos pasamos de largo –en este caso, lo segundo. Cuando en un plazo tan corto de tiempo la Educación sufre tantas reformas, el resultado no puede ser otro que el que refleja el informe PISA: somos uno de los paises europeos con mayor tasa de abandono escolar (32 %), sólo superado por Portugal y Malta. Y seamos sinceros: tenemos lo que nos merecemos, porque sólo en España se convierte una materia tan sensible y vulnerable a cualquier circunstancia como ésta en un terreno de feroz contienda política e ideológica. El problema de España es que la educación no se ha contemplado como un instrumento de formación, sino de adoctrinamiento. Tenemos tan poco respeto por la ciudadanía, por el derecho y la capacidad de los individuos para pensar libremente y en conciencia lo que les parezca, que intentamos por sistema levantar estructuras que dejen el mínimo margen posible a su dimensión más subjetiva y crítica. La democracia consiste en garantizar las medidas necesarias que permitan una expresión civilizada del disenso; no se trata tanto de asegurar la igualdad de los ciudadanos en cada una de las situaciones vividas, sino su derecho inalienable a la diferencia. Y, claro está, es en este punto donde la salud democrática suele topar frontalmente con intereses gestionados en una macroescala de aparato político y ecuaciones indignantes que sólo los que habitan las alcantarillas del poder comprenden. Lo que ha sucedido en este país con la Educación durante los últimos veinticinco años es propio de una república bananera, próxima al «modelo de libertad» norcoreano: se ha primado la trascendencia ideológica a la formación crítica del sujeto. No le demos más vueltas. Y mientras que no seamos capaces de dejar la Educación como una materia de discusión aparte de los espurios intereses políticos, y generar en torno a ella un consenso mayoritario e inobjetable, España está condenada a la mediocridad, a padecer los efectos más severos de cualquier crisis que acontezca, a ser la nación en la que menos se lee, a que nuestros jóvenes se conviertan en una masa amorfa sin capacidad alguna para generar alternativas a una sociedad decadente y enfermiza. Por una vez, actuemos con sensatez. Sólo por una vez.

Pedro Alberto Cruz Sánchez
Consejero de Cultura y Turismo