Juegos Olímpicos

Oro a la natación

La Razón
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Desde hace 10 años nado 390 Km. al año, unas 150 horas; además paso muchas horas en el fondo del mar, enfundada en neopreno, entrando en pecios, cuevas o simplemente avanzando ingrávida por el hipnótico azul. Paso tanto tiempo dentro del agua que una vez soñé que se me llenaba el cuerpo de escamas, que mis piernas se unían en una cola. No estaría mal. El agua es mi elemento y fuera de ella soy más débil. Lo mismo le ocurre a Rafael Muñoz, un joven nadador al mismo nivel que Phelps. Muñoz estuvo muchos meses fuera del agua, deprimido, con el síndrome de Burn-Out. Algo habitual en los deportistas de elite. Luchan y luchan tanto que cuando tienen la anhelada medalla en la mano, les sabe a poco. Un día de euforia y meses de caída hacia el fondo del abismo interior. Pero ha vuelto y la pasada semana logró el oro en el Europeo de Budapest, estilo mariposa. Un estilo durísimo que requiere una fortaleza inmensa, un estilo que esculpe tu cuerpo modelándolo como si fuera de mármol, duro y perfecto. El agua engancha: nadas, nadas y nadas, y piensas, piensas, piensas; sobre su superficie escribes un diario íntimo, ordenas tu mente y tu corazón. Cada vez hay más piscinas climatizadas en España. La natación permite que trabajes todos los grupos musculares, flotando, con lo cual no sobrecargas tu esqueleto ni tus ligamentos, tendones, articulaciones... Eres agua, lánzate a ella, déjate ir, avanza y el agua te mostrará todo lo que habita en ti.