El superviviente entre la música extranjera

Escobar fue de los pocos que resistió la embestida del pop anglosajón

Una imagen de la portada de su disco «Aquel hijo»

Valencia- Cada país tiene su propia cosmogonía formada por una constelación de mitos singulares tan elaborados que no solemos valorar su importancia simbólica. Fundamentales para millones de españoles siguen siendo la turbadora Lola Flores y la prodigiosa Concha Piquer, dos artistas que siguen «vivas» en el imaginario colectivo. De Manolo Escobar, que lleva concitando la atención de los españoles desde hace más de cincuenta años, podría decirse lo mismo. Sus canciones son tan famosas que se utilizan como lugares comunes y se cantan como esas plegarias que se conocen «par coeur».
Sin embargo, pese a ser tan querido y respetado, para muchos españoles es el representante de la canción sin enjundia artística ni valor cultural. Como si el grandísimo artista no compendiera en sí mismo una larga y fecunda tradición musical que se remonta al romance y al flamenco y a los grandes compositores y letristas de la copla. Hasta el «desarrollismo», podría decirse que no hubo cesura entre las clases populares y cierta élite cultural de izquierdas que durante la mayor parte del siglo XX compartieron los mismos mitos populares que la derecha: Imperio Argentina, Estrellita Castro, Concha Piquer y Miguel de Molina.

 

Tradición desbancada
Con la llegada de la cultura pop, que en todo el mundo fue un fenómeno que reconciliaba la cultura popular con los restos de la vanguardia, comienza en España el desprecio de la música popular castiza, sustituida por un folclorismo mimético y una copia espuria de la música pop anglosajona que desbancó la tradición de la copla y sus grandes compositores e intérpretes. De nada sirvió que Serrat se declarara admirador de Concha Piquer y Vázquez Montalbán recopilara las maravillosas letras del cancionero popular. Pocos artistas sobrevivieron al cambio artístico, económico y social de los años 60. La entrada de España en la modernidad parecía exigir el sacrificio de su tradición, al menos su desprestigio por franquista, para construir sobre sus cenizas un país estandarizado, cuando en el resto de democracias la fusión de la músicas tradicionales con los ritmos del jazz y el folclore tropical dieron como fruto un amplísimo despliegue musical pop. Sólo resistió a la embestida Manolo Escobar con sus alegres coplas, pasodobles y boleros, herederos del chotis de Pepe Blanco, el cante de Rafael Fariña y el flamenco gay de El Titi, Antonio Amaya y el Príncipe Gitano. Sus éxitos rivalizaron con Los Brincos, Los Bravos y los Pop Tops y formaron un dúo imbatible con la rumba catalana de Peret y «El Pescaílla» y Bambino.
En 1973, con la grabación de «¡Y viva España!», del autor belga Leo Rozenstraten, vendió siete millones de copias y otras tantas en el extranjero. Colofón de éxitos tan populares como el «Yo soy un hombre del campo», «Porompompero», «Mi carro» y «La minifalda», sin olvidar el homenaje a su madre «Madrecita María del Carmen», que compitió en popularidad con el gran clásico de Antonio Machín, «Madrecita».


QUERIDO MANOLO

«Cuando Sáenz de Heredia me propuso trabajar con él no me apetecía, pero menos mal que dije que sí, porque, sin exagerar, fuimos como Spencer Tracy y Katherine Hepburn»
Concha Velasco, actriz

«Se doblaba a sí mismo como no lo he visto hacer a nadie. Es una estrella grande y sin pose, sencillo. Una buena persona en todos los sentidos»
Luis Varela, actor

«Asistió a mi galería en las inauguraciones de muestras de Barceló y Sicilia y, aunque no llegó a comprar, sí preguntaba y se interesó»
Soledad Lorenzo, galerista

«Posee una colección excelente de arte contemporáneo, inteligente, hecha con el criterio y la sensibilidad de quien sabe de arte y va a tiro hecho»
Ramón García, galerista