Comunidad de Madrid

Perfil / Esperanza Aguirre: La dama invencible por Pilar Ferrer

Perfil / Esperanza Aguirre: La dama invencible por Pilar Ferrer
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Hace muchos años, una echadora de cartas amiga de su madre, Piedad Gil de Biedma, le plantó la baraja francesa. Hete ahí el rey de trébol, con su significado: un agricultor estaría a su lado, dos hijos varones llenarían su vida y la suerte le acompañaría en política. Esperanza Aguirre nunca ha olvidado aquella profecía, que se cumplió. Y ella, nacida un tres de enero en la madrileña calle de Alcalá, primogénita de ocho hermanos, vivió en su casa el matriarcado, empezando por la abuela, una vasca empeñada en que esa niña pelirroja y avispada aprendiera idiomas. Esperancita, como todos la llamaban en casa, prometía y fue una alumna destacada en el Instituto Británico y La Asunción. Su otra pasión era el cine, donde conoció a sus grandes iconos, Gary Grant y Audrey Hepburn.
De esta política de raza, prácticamente se ha escrito todo. Pero yo la recuerdo en sus tiempos de concejala y primera teniente del Ayuntamiento de Madrid, cuando el entonces dirigente socialista, Joaquín Leguina, la acusaba de ser una «niña bien», con la mala educación de los ricos. Esperanza, con esa labia caústica, tremenda, le espetó: «Juzgar a la gente por su procedencia es tan racista y caduco como el socialismo de dónde usted procede». Genio y figura, para una mujer con la astucia de un felino, sin pelos en la lengua, liberal hasta la médula, devota de la Escuela de Viena y de los libros de Hayek, Von Misek y Milton Friedman. Cuando la comparan con Margaret Thacher, como «dama de hierro» suele decir, «hierro en la gestión y limpieza en el dinero del contribuyente».
A estas alturas, lo ha sido todo. Y como mujer, un hito como primera presidenta del Senado y máxima responsable en el Gobierno de Madrid. Un poco «mosca indómita» de su partido, por fidelidad a sus convicciones, ha vencido elecciones, congresos, intrigas internas, el susto de un helicóptero, un atentado en Bombay y hasta un inesperado cáncer. Es la suya una fuerza innata que ella atribuye a una tatarabuela de su padre, irlandesa, de apellido O'Neale, que la salvó de una escarlatina infantil. Ahora, en el XV Congreso, consolida toda una etapa: indiscutible, fuerte e invencible.