«También los niños podemos ser Papa»

Alfonso y Andrés Martínez
Alfonso y Andrés Martínez

Uno tiene 10 diez años; el otro, trece. El primero pertenece a la Guardia Suiza; el segundo, no. Sus nombres son Andrés y Alfonso, y sus apellidos, Martínez García. Ambos son hermanos y los dos fueron escogidos para conocer a Benedicto XVI durante la jornada de ayer, la primera de su visita a España. El más pequeño le esperaba en el aeropuerto, con traje de la Guardia Suiza. Después de una larga espera que se le hizo corta, al fin le veía más cerca de lo que hubiera imaginado nunca. «¿Es posible que algunos de los jóvenes que están aquí pueda ser el Papa del futuro?», preguntó a su madre, Maru García Ochoa. Pero la curiosidad le podía y no pudo evitar contraatacar de nuevo con otra cuestión: «¿Puede ser un niño Papa?». Uno de sus temores era no cumplir de forma adecuada con las estrictas exigencias que impone el protocolo. «Miraba a los demás para evitar equivocarse y hacer las cosas mal –reconoce su madre–. Aunque es pequeño, se acuerda muy bien de Juan Pablo II y una de las cosas en las que más me ha insistido era "cuánto de amigo era Benedicto XVI de él". Yo le contestaba que era casi su mejor amigo». Andrés tuvo recompensa, después de padecer tanto calor y nervios, recibió un donuts para paliar el hambre y algo de beber para sofocar la sed de este agosto. En la memoria también le quedará esa escolta policial, con luces y ruidos de sirena, que le acompañó hasta el pabellón donde horas más tarde conocería al Pontífice. Por la tarde, el turno era para su hermano mayor, Alfonso, que miércoles, cuando el reloj ya apuntaba la medianoche con sus agujas, supo la oportunidad que el destino le brindaba. «Ha sido muy emocionante. Nunca había estado tan cerca de él». De pie, en las escaleras de la Nunciatura de Madrid, entre un grupo de chavales de diferentes edades, hacía lo mismo que los demás, decirle «hola, hola», arrimarse cuanto podía y le dejaban, e intentar estrecharle la mano. «Antes de conocerle ya me esforzaba para portarme bien, no mentir y ayudar con las cosas que siempre hay que hacer en casa. Pero ahora, gracias al Papa, voy a intentar ser mucho mejor». Los más altos, como él, permanecían detrás y, los más pequeños, delante. Eso le impidió llegar a cogerle la mano. «Me hubiera gustado. Y también decirle que es muy buena persona». Alfonso se queda entonces en silencio. Luego añade: «Aunque no sé si me hubiera entendido, porque creo que él sólo habla en italiano o en alemán. A todos los niños que saludaba, les decía algo, pero creo que era en alemán». Su testimonio está entremezclado de impresiones. «Yo ya le había visto en la tele y por eso me lo imaginaba así», explica al principio. «Ha sido muy bonito», comenta a continuación. «Resultó muy emocionante», insiste después. Y toma una pausa. Un respiro. «Creo que se alegra mucho por los niños. Saludó a todos y se esforzó por darles mucho cariño. A mí me lo ha transmitido».