Las urgencias por Joaquín Marco

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No pretendo aludir aquí a las hospitalarias o clínicas a las que en alguna ocasión hemos acudido o habremos de acudir. Hoy forman parte de la decapitada cima del Himalaya de nuestra recortada Sanidad. Cuentan que hay quien tiene que esperar días en este atrio por una cama que ya no existe. Pero todo en nuestra vida está lleno de urgencias. Puesto que vivimos en la Europa futbolística –en ella andamos y se confía mucho más en el arte de mover el balón que en la improbable mejoría de nuestra economía–, durante el partido contra Croacia, «la roja» (aunque vistió de azul celeste) se lanzó contra la portería contraria en el último cuarto de hora con urgencias. El fútbol, como cualquier deporte o actividad humana, puede entenderse como una forma simbólica en la que el tiempo juega un papel primordial. Nuestra vida está construida bajo parámetros temporales y cuanto ideamos o imaginamos se inscribe bajo su dictadura. No es oportuno recurrir aquí a los años de la metafísica de Bergson o de Heidegger, porque nuestra reflexión parte tan sólo de un partido de fútbol, dividido en dos medias partes y tasado en 90 minutos más los que los árbitros entendieron como perdidos en cambios de jugadores, faltas o lesiones. Fueron en parte las manos de Casillas las que permitieron el pase a los cuartos de final del Campeonato. El partido se desarrolló sin aquella rapidez de balón a la que la selección nos tenía acostumbrados. Se servían de un tempo lento ante los croatas que provocaron dos o tres sustos. Lo vio el país entero asomado al televisor, porque una Copa de Europa no es poco.

Faltaban quince minutos cuando aparecieron las urgencias. La de Croacia sumando delanteros, porque el empate a cero les descartaba y España también con algunos cambios que permitieron que Navas, gracias a Iniesta y Cesc, en el minuto 88, se introdujera con la pelota en la puerta croata. No fue un partido bonito, porque el contrario estuvo siempre bien puesto en el campo y superaba en corpulencia a los españoles. Los croatas jugaron con la velocidad del contragolpe.

Pero lo que se estaba jugando en Los Cabos, en pleno desierto mexicano, en un equipo variopinto, el del G-20, al que ha acudido Mariano Rajoy (siguiendo la costumbre que la diplomacia de Rodríguez Zapatero instauró), era otro partido regido, asimismo, por tiempos muy pautados. No todos los países del G-20 practican la democracia, aunque en teoría, constituyen las economías más poderosas del planeta. Pero las diferencias entre sus sistemas son considerables. Poco tiene que ver la democracia de los EE.UU. con la de Rusia o la India y ni siquiera los países de la Unión que allí acuden representan una ideología común. Allí coincidieron la Francia socialista y la Alemania conservadora. Y en este frente, que estuvo guardado con estrictas medidas de seguridad, se debatió sobre la posible renegociación de la deuda griega o el rescate de algunos bancos españoles que andan con el agua al cuello. Bruselas defendió sus posiciones ante el FMI y los EE.UU. pretendieron aplacar el despotismo ruso, negociar con la ascendente China y conseguir mayores aportaciones económicas al FMI de las nuevas potencias emergentes.

No era buena recomendación formar parte de una descoordinada Unión Europea y aún menos presentarse con las dudas bancarias, los recortes a los que nos apremian nuestros socios, pese a lo que diga nuestro presidente, que encogen el ánimo del actual Gobierno. Con seguridad, Mariano Rajoy tuvo que echarle arrestos al envite, pese a contar con el explícito apoyo de Pérez Rubalcaba, con quien parece que habían coordinado la faz externa de una España en recesión económica y con una población angustiada por la lenta descomposición del Estado del Bienestar, aquel consumismo que creyó sobrevivir a cualquier tiempo pasado. Los colegas demandaban acelerar reformas, pedir de inmediato el rescate anunciado, modificar el IVA y salir de la crisis con un crecimiento imposible en estas circunstancias. Nuestra capacidad exportadora no puede equipararse al ya decadente consumo interior. Nuestros presupuestos no alcanzan para desarrollar inversiones públicas, tan necesarias. Conviene crear empleo para los parados que ya existían y los que vendrán de los nuevos esfuerzos que se nos reclaman.

Tenemos hasta los mineros del carbón, como antaño, en pie de guerra. La crisis económica es global y se entiende que los partícipes del G-20 son los máximos responsables de la misma, porque los desequilibrios sociales entre países son evidentes. El problema del tiempo es que, como todo invento humano, es finito y psicológico. ¿Llegaremos a qué final? ¿Nos invadirán las aves rapaces antes de septiembre? Siempre nos quedan el verano y los turistas. Tal vez en los minutos últimos logremos, por lo menos, un empate. Alguien imaginó, por sus sensatas declaraciones, a Vicente del Bosque como presidente de Gobierno. No hay un Iniesta, ni un Casillas, ni un Xavi a la vista en nuestra política. Tampoco conviene confundir el balón con otra forma de vida no menos profesional. 

 

Joaquín Marco
Escritor