Un nuevo proceso penal

La Razón
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Hoy en día ya nadie duda de la imperiosa necesidad de acometer la introducción en España de un nuevo proceso penal, si bien el mismo debe hacerse desde una altura de miras, que determine que la reforma no sea simplemente una nueva forma de hacer las cosas, sino una nueva manera de impartir Justicia penal, con las necesarias implicaciones estructurales, y quizás de mayor importancia, de cambio de actitudes y mentalidades, tanto en los Juristas como en los mismos ciudadanos; pero una vez consolidada la idea de que es necesario abordar esa reforma, se debe decidir hacia dónde pretendemos ir. Ello requiere consensuar la misma, y no sólo en el ámbito político, sino también en el doctrinal y sobre todo teniendo en cuenta la opinión de los que todos los días aplicamos las normas procesales. Para ello, se deben conocer los escollos iniciales, como es decidir si abandonamos la instrucción del juez, y avanzamos en un sistema de investigación por el Ministerio Fiscal, o se reforma parcialmente el cometido del Juez de instrucción, etc. Ello, no siendo poco importante, a lo mejor es lo que menos va a contribuir a mejorar el sistema, y, por el contrario, nos mantiene parados en el dique de la duda y enfrentamiento. Debe alcanzarse un necesario acuerdo al respecto, y ello sobre la base de analizar las bonanzas y debilidades de cada uno de los sistemas, y, por supuesto, no abandonando lo bueno que tenemos. Un sistema de investigación fiscal, requiere no sólo el mantenimiento, sino el fortalecimiento de la acción popular, residenciando su uso para la investigación de delitos en los que no hay perjudicados directos, sino cuyo bien jurídico protegido es de carácter general o difuso. Eliminar esta posibilidad supondría renunciar, además de a muchos años de historia a lo más esencial de nuestro procedimiento penal: que la acción penal no sea un patrimonio exclusivo del Ministerio Fiscal, y ello no por las posibles acusaciones de parcialidad que a veces se hace a su función concreta, sino porque la existencia de la acción popular es una de las notas más democratizadoras de nuestro sistema penal, no sirviendo como juicios obstativos el abuso que a veces se ha dado. De forma paralela podemos recordar todas las condenas que se han producido en casos muy importantes y después de haber desistido el Ministerio Fiscal del ejercicio de la acción. Decídase el sistema que se decida, en quien se tiene que pensar es en el ciudadano y no en requerimientos profesionales o de prurito; el proceso penal tiene como fin no sólo investigar el hecho criminal y averiguar la personas de su autor, sino y también, garantizar los derechos de la víctima, y sobre todo su protección. El nuevo proceso penal en cualquier caso va sa suponer un cambio en la estructura organizativa, puesto que el mantenimiento de la figura del Juez de instrucción no explica la existencia de muchos partidos judiciales, y se debe especializar, allá donde la economía de escala lo permita, a jueces en la investigación de delincuencias especiales, como es la económica, y se les debe dotar de medios personales y materiales a los jueces, para que las instrucciones puedan ser más rápidas y eficaces. Es obvio que se debe limitar el tiempo durante el cual un ciudadano puede verse sometido a un escrutinio penal, y no convertir las investigaciones en historias interminables, y causas generales, y, por último, tenemos que acabar de una vez por todas con la inseguridad jurídica que nuestras obsoletas leyes generan en la limitación de derechos fundamentales en la investigación criminal. La realidad ha roto todas las costuras del viejo proceso penal creado por Alonso Martínez para una sociedad rural, donde la mayor parte de delitos que se cometían lo eran de resultado, y no mera actividad. Ahora bien, el cambio debe ser de tal calado, que pequeñas reformas por importantes y necesarias que sean, ya no sirven. Es necesario acometer una reforma de raíz y global, y hay que hacerlo cuanto antes, porque el prestigio del sistema y de los que trabajamos en el mismo está en juego, y no podemos seguir dando palos de ciego con un instrumento rancio, desvencijado y sin futuro alguno.