Concha Cuetos: «Me sentí despreciada por trabajar en la tele»

«Hay muchas maneras de asesinar. Quizá esta crisis sea una de ellas. Matar el futuro, la esperanza...»
«Hay muchas maneras de asesinar. Quizá esta crisis sea una de ellas. Matar el futuro, la esperanza...»

Su padre se llamaba Aladino y tuvo que soportar toda su vida la pesada carga de las coñas que a los faltos de originalidad les inspiraba su nombre. De él, Concha heredó el sentido el humor y una frase que ahora, en estos tiempos de crisis, le viene que ni pintada: «Sólo nos queda taparnos con una gran bolsa y esperar a que deje de llover mierda, con perdón». Concha cree que lo único que puede salvarnos de la asfixia es la solidaridad, o sea, «apoyar a otros y apoyarnos en otros».

–Y tirar de los ahorros. Usted fue más hormiga que cigarra...
–Bueno, he sido un poco cigarra y un poco hormiga. Tampoco se puede pasar por la vida sin gozar. No digo nunca que me da igual el dinero, porque no es que sea importante, es básico. Lo bueno del dinero es que te permite olvidarte del dinero. Yo no tengo tanto como para eso. Ojalá.
–¿Y qué fue de aquella peluquería que puso con un socio?
–Le cedí mi parte a él. Los actores, generalmente, no servimos para los negocios. Y no nos gusta hablar de dinero: por eso tenemos representantes.
–Me dijo una vez que le molesta que los ricos sean cada vez más ricos...
–Sí. Antes se hacían más ricos a costa de los que no tenían casi nada; ahora, a costa de los que habían logrado tener algo, la clase media.
–He oído en una película: «La extensión lógica de los negocios es el asesinato». Es una frase de Don DeLillo.
–Hay muchas maneras de asesinar. Quizá esta crisis sea una de ellas. Matar el futuro, la esperanza, es el crimen más grande que hay, pero no habrá un Nuremberg para los culpables. Y no lo habrá porque los que deberían ser juzgados son los que mandan.
Piensa como Santiago Segura: no está con ningún partido porque prefiere equivocarse sola. Y decir lo que quiera. Resumo su historia profesional: mucha tele y poco cine y teatro. Y ella rectifica: «Muchísima tele, poco teatro y casi nada de cine». Recuerda que cuando ella trabajaba en la tele, los del cine y el teatro la miraban por encima del hombro. «Me sentí despreciaba, no se cortaban, te hacían sentir el desprecio. Han cambiado las cosas: ahora, para ser cabecera de cartel de teatro o cine, hay que haber triunfado en la tele. La tele quema, estás quemada, me decían. Ahora, los "quemados"llenan el cine y el teatro; el prestigio, la seriedad, la trayectoria, no sirven de nada».
–Me tiene dicho que si no eres joven y guapa, hoy no tienes nada que hacer en la tele...
–Cierto, y va a más.
–Garci dice que a los actores españoles no se les entiende...
–Ya, las odiosas generalizaciones. Lo que pasa es que los directores no se preocupan de buscar actores con buena dicción. Llaman a los chicos monos y a las chicas monas que salen en la tele. Los jefes de casting van a acabar con los repartos lógicos: dan trabajo a los de su propia cuadra de actores. Así que hoy tienes que tener un representante y además pertenecer a la cuadra de un jefe de casting. Es horroso. Yo no tengo nada, claro.
–Pero tiene dos hijos actores: Laila Ripoll y Juan Ripoll...
–Laila tiene un talento especial, es una de las grandes de su generación. Y además dirige y tiene su propia compañía, no se sabe hasta cuándo. Juan es actor en paro. Escribe, quiere abrirse camino como escritor.
Nunca le cantaron «mamá, quiero ser artista». Concha sólo tiene un miedo: «Ser una carga para los demás». Sufría de mal carácter, pero se curó. «Me curé muchísimo, sí; ahora soy afable; cambié reflexionando y con cursos de autoayuda; una sonrisa puede hacer milagros; es lo que le digo ahora a mi nieto». Si no te salen cuernos, dice, es por falta de calcio, «luego valoro más la lealtad que la fidelidad». No le gusta la nostalgia. Cuando va a París, pone flores en la tumba de Simone Signoret, quien dijo aquello de que «la nostalgia ya no es lo que era». Le encantan los cementerios, le dan paz. También deja flores en las tumbas de Oscar Wilde, Chopin, Edith Piaf, Sara Bernhardt...
–«Farmacia de guardia». ¿Un gran éxito puede ser también una cruz?
–Nunca fue una cruz para mí. Esa serie me dio la oportunidad de hacer un buen papel y de trabajar con un grande: Antonio Mercero. Y popularidad. Dinero, no mucho. Entonces no se pagaban fortunas como ahora, pero me llegó el maná de la publicidad. Ahí pude ahorrar.
Dejó de fumar hace 20 meses. Tiene una perra que se llama Poupé. Lleva bien los años, aunque cuando se mira en el espejo por las mañanas a veces se dice: «Anda, bonita: lo que eras y lo que eres». Se gusta más por dentro que por fuera, «y ésa es la clave para envejecer bien». Un día me dijo que aceptaría una proposición indecente de George Clooney. «Hace años, sí, pero ahora me daría mucha pereza; fíjese qué responsabilidad, estar a la altura de Clooney».