Julia Gutiérrez Caba: «Este Max premia a mi familia no a mí sola»

Es la primera intérprete que recibe, hoy, el Max de Honor en la XV edición de los galardones que distinguen el mejor teatro

Esta noche, Julia Gutiérrez Caba recibirá el galardón de Honor en la gala de los XV Premios Max que tendrá lugar en el Teatro Circo Price madrileño. Una distinción que reconoce el trabajo de toda una carrera. En su caso, casi seis décadas de vocación familiar, ya que era apenas una niña cuando sus padres, actores, hijos de actores y nietos de actores, la subieron a un escenario. Decenas de éxitos, noches mágicas y momentos duros después, Gutiérrez Caba se convierte en la primera actriz homenajeada con este premio. «Es porque soy la mayor», dice con una risa elegante.

-En estas más de cinco décadas de trabajo ha hecho de todo, cine, televisión, teatro, pero sobre todo es una mujer de la escena. ¿Qué es el teatro para usted?
-El teatro no es que haya formado parte de nuestra vida, sino que ha sido nuestra vida: desde que tengo conocimiento, está presente en mi casa, en mi familia, como algo natural: es un oficio al que se dedicaban nuestros padres, al que se habían dedicado nuestros abuelos y el padre de nuestra abuela.

-Casi no quedaba otra, ¿no?
-No, el teatro era habitual para nosotros, como la vida misma: estaba en todo: en los horarios de mis padres, en las ausencias…

-El Max se lo dan a usted, pero, ¿puede entenderse como un premio a toda una familia?
-Yo, de hecho, lo interpreto así. No hay que olvidar que en la etapa de mis padres, no digamos de mis abuelos, los premios casi eran inexistentes. Era muy difícil que te tocara alguno. Mi tía, Julia Caba Alba, hizo mucho cine durante una etapa y sí tuvo alguno. Preo mi madre, que murió con 57 años, muy joven, no. Por eso lo he aceptado con ese espíritu: es un galardón a lo que ha supuesto mi familia durante años, casi siglos, porque mi bisabuelo se remonta al XIX.

-Supongo que nunca pensó en dedicarse a otra cosa.
-Seriamente no me lo planteé, pero sí es cierto que yo tenía cierta reticencia o temor. En mi familia pasaba algo diferente a lo que sucedía en muchas entonces, en las que, cuando una hija se quería dedicar a este oficio, era un acontecimiento negativo casi siempre. En mi caso fue todo lo contrario, no es que nos dijeran nada de que teníamos que dedicarnos a esto, pero estaba clarísimo que íbamos a hacerlo y era lo más normal.

-Hemos pasado de los cómicos, dicho como algo peyorativo, a los años en los que un actor es toda una personalidad.
-Sí, ganamos mucho en la consideración. También la sociedad ha ido adoptando criterios que en nuestro oficio ya estaban incorporados. Esa reticencia se ha convertido en algo distinto. Aunque ahora los particulares cuentan cosas tremendas en televisión que no tienen que ver con mi profesión. Entonces se consideraba que ciertas libertades sólo existían en mi trabajo, pero se ha superado esa creencia.

-Tenían fama de faranduleros.
-Claro, porque es un oficio inseguro, de artistas, de cómicos, que a mí no me parece un nombre feo. Asociado, por tanto, a la gente de mal vivir. No digo que no lo hubiera, como lo hay en otros. Pero en mi familia veíamos bastante normal que mi padre se pusiera peluca y postizos. Cuando veo ahora las cabalgatas de Reyes, no sé por qué se empeñan en decir a los niños que son los auténticos. Cuando era pequeña, siempre tuve clarísimo que los Reyes Magos existían, pero que esos que salían no eran los auténticos porque llevaban una barba pegada, como mi padre. Lo veía clarísimo: eso no era la verdad, era un trabajo. Pero mis hermanos y yo íbamos al colegio y éramos una familia normalita.

-En algún momento pensó en dedicarse a otro oficio. ¿Qué hubiera sido?
-No lo sé. No me lo planteé nunca seriamente, porque aunque me ha gustado siempre el dibujo, no creo que estuviera dotada para ello. Lo que me decidió, de una forma lenta, como se empezaba entonces en el teatro, fue el hecho de que yo también quería ayudar a la caja familiar, que era bastante famélica, porque éramos una familia amplia y los que trabajaban eran mi padre y mi madre.

-Empezó entonces por dinero...
-Bueno, casi, aunque comencé haciendo meritoriaje, que entonces no cobrabas. En las giras, cuando íbamos con mis padres, ellos pagaban los desplazamientos -entonces era en tren- si no estabas trabajando. Pero al trabajar, aunque fuese un meritoriaje, eso que ahora se llama ser becario, te pagaban el desplazamiento. Estuve nueve años en una compañía titular que había en el Infanta Isabel. Con papeles muy pequeños, de empleadas domésticas, doncellitas. Salía a dar recados.

-Luego llegaron Bardem, Armiñán, Alonso....
-Pero eso es mucho más tarde. El carnet de actriz lo tengo desde 1952, y Bardem entró en mi vida en el año 60 o 61, y la televisión por ahí también.

-Desde entonces, ¿ha cambiado significativamente el teatro?
-Hemos mejorado mucho. El actor ha ganado en su condición social, en sus comodidades incluso. No se puede comparar: ahora está todo planteado de una manera muy distinta. Entonces había muchas compañías de teatro fijas. Estaba establecido hacer los estrenos en Madrid y, cuando llegaba el verano, hacías una gira, por el norte, o ibas un tiempo a Barcelona.Los teatros públicos hacían lo mismo: el elenco podía alterarse en algún caso, con primeras figuras, pero era fijo. Eso ahora no se produce. Ahora las giras son de fin de semana y las estancia en Madrid cortas, incluso en los públicos.

-¿Algún director la marcó especialmente? Trabajar con alguno debió de ser como dar clases magistrales.
-Sí lo era, porque, cuando empecé, las comedias las dirigía o bien el empresario de la compañía, ayudado por el autor o por el que fuese primer actor. En el Infanta Isabel estaba acostumbrada a que fuera el director-empresario el que nos marcaba lo que teníamos que hacer. Pero en un momento determinado, haciendo precisamente una comedia policíaca de Agatha Christie, «Diez negritos», vino a dirigirnos José Luis Alonso. Entonces fue cuando me di cuenta de lo que era trabajar con un director de esa envergadura.

-Nuria Espert tiene sus Medeas, sus papeles por los que se la recuerda. ¿Tiene Gutiérrez Caba las suyas, aunque se llamen «Flor de cactus»?
-(Risas) Sí, bueno, «Flor de cactus» fue mi «Medea» dentro de las diferencias lógicas, porque es una obra que representamos mucho en la compañía de Alberto Closas, en la que yo trabajé siete años, además de hacerla aquí la representamos en Barcelona y en Buenos Aires y fue siempre un éxito. Mérito de él. No sólo porque era entonces un actor muy popular y querido en todos estos sitios, sino además porque fue muy buen director de comedia y de actrices. En ese sentido sí es un poco mi «Medea», aunque yo no olvido naturalmente «A Electra le sienta bien el luto», que dirigió José Luis Alonso.

-Va a hacer ahora diez años, desde «Madame Raquim», en 2002, que no la vemos en escena. ¿Es una decisión voluntaria?
-Por circunstancias personales, el teatro, que requiere hacer giras, lo había apartado un poco. Cuando me surgió hacer una cosa de nuevo, de televisión, acepté porque podía estar en Madrid, y lo necesitaba. Y por eso volví a TV. Ahora, sin embargo, lo que me pasa con el teatro que es el medio que me sigue haciendo más ofertas, es que de momento me da más pereza afrontarlo.


La «niña» de la saga
La estirpe de los Caba sigue su curso, una generación más, con Irene Escolar, nieta de Irene Gutiérrez Caba, sobrina nieta por lo tanto de Julia y Emilio, que no para de estrenar proyectos de altura: «Oleanna», con José Coronado, «Agosto», dirigida por Gerardo Vera, «De ratones y hombres», a las órdenes de Miguel del Arco... «Imagino que a Irene le hubiera encantado verla», diceJulia. «Ella ha cogido una etapa con directores interesantes. Le gusta su oficio, se prepara mucho, está muy volcada». Y matiza: «Consejos no le doy… Bueno, a veces le digo: no tengas tanta prisa, eres muy joven no sabes lo que nosotros hemos esperado».



LOS «MAX» FAVORITOS DE LA RAZÓN
MEJOR ESPECTÁCULO DE TEATRO
«La avería», dirigida por Blanca Portillo
«Todos eran mis hijos», por C. Tolcachir
«Veraneantes», por MIguel del Arco

MEJOR AUTOR EN CASTELLANO
Alfredo Sanzol, por «Dias estupendos»
Jordi Garcerán, por «Burundanga»
Fernando Arrabal, por «Fando y Lis» ciudadanos.

MEJOR DIRECCIÓN ESCÉNICA
Alfredo Sanzol, por «Días Estupendos»
Blanca Portillo, por «La Avería»
Miguel del Arco, por «Veraneantes»

MEJOR ACTRIZ PROTAGONISTA
Anna Lizarán, por «Agost»
Bárbara Lennie, por «Veraneantes»
Vicky Peña, por «Un tranvía llamado Deseo»

MEJOR ACTOR PROTAGONISTA
Asier Etxeandía, por «La avería»
Carlos Hipólito, por «Todos eran mis hijos»
Israel Elejalde, por «Veraneantes»