«The Pacific»: La guerra aún no ha terminado

Escribir una carta de amor, leer a Kipling en las trincheras o compartir un Lucky Strike se han convertido en recursos habituales para ahondar en la personalidad de personajes que, con frecuencia, se confunden entre tanta metralla y suciedad.

No es frecuente que los testimonios de los conflictos bélicos sean reales, como lo son en esta obra
No es frecuente que los testimonios de los conflictos bélicos sean reales, como lo son en esta obra

La guerra, al margen de grandes titulares, deja muchas pequeñas vidas con pocas posibilidades de aparecer en los libros de Historia. Nunca imaginaron el teniente Austin C. «Shifty» Shofner, el alférez Vernon «Mike» Micheel, Sidney C. Phillips, el sargento «Manila John» Basilone y Eugene B. Sledge que sus vivencias en las batallas que libraron en el Pacífico, desde la retirada estadounidense de China en 1941 hasta el aterrizaje de McArthur en suelo japonés en 1945, se convertirían en el objeto de estudio de Hugh Ambrose, el historiador que creó el aparato narrativo sobre el que la cadena HBO construyó una de las series más caras de la historia de televisión, «The Pacific», con un presupuesto de 120 millones de dólares, y que emite en la actualidad Canal + y llegará a la TDT a través del canal Nitro. Suma de Letras publica ahora un ensayo homónimo con el subtítulo «El infierno estaba a sólo un océano», en el que el historiador profundiza en el devenir del conflicto a través de la experiencia de estos cinco Marines.

Enemigo infravalorado

Guadalcanal fue la primera prueba de fuego para estos cinco soldados rasos que, de la noche a la mañana y con la premura que imprimió el ataque japonés a Pearl Harbour, se vieron ataviados de marines, los primeros en entrar en combate: «Su misión, el ataque anfibio, era la maniobra militar más difícil. Una vez que los marines hubieran asegurado una playa, los "perritos"del Ejército entrarían para mantenerla controlada», explica Ambrose. Sin embargo, el ejército de EE UU no era en aquella época la súper potencia militar que ahora conocemos. El Gobierno japonés, controlado por la cúpula militar liderada por el emperador Hirohito, contaba con un ejército con capacidad para anexionarse otros territorios importantes de la costa del Pacífico y enfrentarse a EE UU con una crueldad de la que serían testigos directos los protagonistas de este ensayo.

«Roosevelt pretendía impedir la expansión nipona con una serie de medidas económicas y diplomáticas apoyadas por el aparato militar norteamericano, la fuerza más pequeña y peor equipada de todas las naciones industrializadas del mundo», asegura el historiador.

Dichas deficiencias las sufrieron los cinco protagonistas en un sentido más amplio que el estrictamente militar: además de usar armas antiguas, los Marines se vestían con uniformes y se alimentaban de conservas sobrantes de la I Guerra Mundial. Hubo días enteros en los que no tenían ni agua para beber. Nadie presagió que la ofensiva japonesa se iba a convertir en uno de los grandes conflictos bélicos del siglo XX. McArthur hablaba de una «guerra que estaba ganando» y la Prensa de EE UU titulaba en sus portadas: «Pearl Harbour, vengado». Nada más lejos de la realidad. «El Estado Mayor del general había informado de que el teniente general Masaharu Homma se había practicado el haraquiri. Pero se trató de otra fanfarronada insustancial, ya que, tres noches después, McArthur y su equipo huyeron a Australia. El fracaso era inminente», dice el historiador.

Ni comida ni agua

Fue allí donde los marines pudieron disfrutar, a pesar de la derrota, de días libres, fiestas y mujeres. El recibimiento no fue tan bueno como meses después en Melbourne. O como en la isla de Ford, donde los oficiales pagaban un dólar la noche por dormir en un hotel donde un civil abonaba setenta. Pero la guerra continuaba, y la lucha se hacía cada vez más cruenta: «La ferocidad de los combates aumentó conforme se acercaban a Tokio. La batalla de Iwo Jima se convirtió en un símbolo del salvajismo de la guerra del Pacífico. En Okinawa, las explosiones eran más numerosas que los propios marines», comenta el autor.

Pero no hacía falta estar en el campo de batalla para sufrir el horror de la violencia. El castigo infringido a tres oficiales estadounidenses por intentar escapar de un campo de refugiados fue colgarlos de las muñecas durante dos días, apalearlos hasta que sus rostros quedaban desfigurados, sin darles ni comida ni agua. «Sangrando y con los hombros torcidos por el peso de sus cuerpos, los nipones obligaban a los filipinos a golpearles al pasar por su lado. Si no lo hacían con la suficiente severidad, los japoneses daban una paliza a los filipinos», explica el autor. «Nunca hubiera imaginado que el cuerpo humano pudiera aguantar semejante castigo, ni que un hombre pudiera aguantar tanto dolor», escribió en su diario el teniente Shofner. Los meses transcurrían e iban haciendo mella en los soldados que todavía vivían. El alférez Micheel relata su estado: «Iba al comedor todo lo que podía porque estaba perdiendo un montón de kilos».

Aunque algunos regresaron como verdaderos héroes y otros se convirtieron en leyenda, como el sargento «Manila John» Basilone, que consiguió la Cruz de la Armada a título póstumo por su servicio en Iwo Jima, el impacto que supuso en sus vidas el conflicto fue profundo y terrorífico: «Sledge relató en un manuscrito el caos de miedo y la torcida deshumanización que había soportado. Tanto él como Jeanne, que mecanografió sus apuntes, esperaban que sirviera para que los líderes no volvieran a a recurrir a la guerra como una medida para solucionar conflictos», comenta Ambrose. Como poco, sus testimonios han servido para ilustrar un libro y una súper producción sobre la otra cara de la realidad de la guerra.