CRÍTICA: «Déjame entrar»: El «remake» trascendental

Dirección y guión: Matt Reeves, según el guión de John Ajvide Lindqvist. Intérpretes: Kodi Smit-McPhee, Chloe Moretz y Richard Jenkins. Duración: 109 minutos. USA, 2010. Terror.

«Déjame entrar»: El «remake» trascendental
«Déjame entrar»: El «remake» trascendental

El original nos describía el vampirismo como una versión helada del deseo pubescente, invocado bajo ese sencillo mantra que un aprendiz de Freud podría haber interpretado como una invitación a la penetración de la carne. Matt Reeves ha respetado escrupulosamente el tono de la ejemplar película de Tomas Alfredson, hasta tal punto que hay que entornar los ojos y esforzarse mucho para detectar la trascendencia de los cambios en este «remake» americano que podría ser una operación de fotocopiado parecida a la del «Psicosis» de Gus Van Sant o al «Funny Games» de Haneke. Las comparaciones son odiosas, pero las dos versiones se compensan: aciertan en la misma atmósfera triste y melancólica, y Reeves le gana el pulso a Alfredson en la resolución de la subtrama de la vecina y en todo lo referente al personaje de Richard Jenkins –magnífico, como siempre: la escena del accidente de coche es brutal–, pero no consigue mejorar la insuperable escena de la piscina, menos intensa en esta ocasión.

La película sueca se desarrollaba en una burbuja a diez grados bajo cero, sin un contexto que amenazara con significar a los personajes más allá de lo que sentían el uno por el otro. Matt Reeves sitúa la acción en marzo de 1983, en una región de Nuevo México que probablemente corrió a las urnas a votar al Reagan que aparece como telón de fondo en un discurso televisado, y cuyos habitantes viven sus nevadas vidas felizmente oprimidos por el fanatismo, por la creencia ciega en que la fe mueve montañas y el alcohol las riega generosamente. Lo político, aunque difuminado, salta al primer plano: los dos miembros de esta pareja disfuncional –ella, vampira inmortal, que camina descalza sobre la nieve; él, niño solitario y víctima de acoso escolar– necesitan que el otro los salve, quizá como le pasó a una América que, en los ochenta, era capaz de agarrarse a un clavo ardiendo para salir a flote. Ocurría también en «Monstruoso», donde la ominosa sombra de los atentados de las Torres Gemelas transformaba una historia de amor en la crónica de la supervivencia de una civilización en ruinas. Ocurre en «Déjame entrar», donde los juegos prohibidos de dos niños en un patio congelado se transforman en la vida secreta de un país que se ha llegado a sentir más solo de lo que nunca se ha atrevido a confesar.