Castaño se inventa un toro de una mansada

Las Ventas (Madrid). Vigésima de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de Carriquiri, desiguales de presentación, mansos de principio a fin y deslucidos. Tres cuartos de entrada.- Frascuelo, de crema y oro, estocada corta (silencio); media (silencio).- Ignacio Garibay, de caña y oro, cuatro pinchazos, estocada (silencio); estocada caída (silencio).-Javier Castaño, de azul marino y oro, estocada, descabello (palmas); pinchazo hondo, descabello (vuelta al ruedo).

Dábamos todo por perdido, incluso se pensó en ese momento que Javier Castaño se iría a por la espada. El toro manseó a gusto, pero hubo muchos candidatos para quitarle el récord de huidas. Éste, el tercero, además de salir suelto, además de no querer caballo después, miró de tú a tú al torero cuando fue a pararle con el capote. Frenado, con la cara alta, mirando más de la cuenta, radiografía al paso, un trago. La faena tenía mala pinta antes de empezar. Se tragó el primero, y el segundo, sin humillar, claro, pero al tercero se revolvía rápido en busca de presa. En la misma barriga le puso los pitones una y otra vez. Javier Castaño, que venía envuelto en el halo de gesta histórica de Nimes, (seis toros de Miura para él solo) multiplicó su entrega por tres de lo que merecía el Carriquiri. Cogió la zurda, ahí pensábamos en el final, amordazó al miedo, en una armoniosa verticalidad, cruzado hasta invadir el terreno del toro, y convenció al animal para coger el engaño sin otra opción. Aplomo y firmeza. La misma que tuvo para entrar a matar en la dolorosa rectitud.

Tito Sandoval fue picador de los buenos con el sexto. Hasta tres veces le puso Javier Castaño el toro en suerte. En la distancia, muy larga, es verdad, ahí acudía el animal. Pero olvídense de apretar, de humillar o de entregarse en la pelea. En la boyantía del viaje olvidaba la bravura el toro, sin embargo Madrid aplaudió a rabiar a Tito, normal, a Castaño, también, se reivindicaba el tercio, y al toro, y eso se entiende menos. Adalid se llevó otra ovación de justicia. Buen banderillero y sin necesidad de venderlo.

No perdonó Castaño en esa carrera al infinito ni una ni media. Qué convicción delante del toro, qué infranqueable valor para hacer el toreo puro a un animal que hizo lo mismo que en el peto: acudir pero sin humillar y sin entrega. Duró poco el toro, una eternidad el torero. De haber encontrado el sitio con la espada, Javier Castaño se hubiera dado la vuelta al ruedo con un trofeo de los que marcan distancia en el escalafón.

Frascuelo a sus 64 años saldó su paso por Madrid con mucha dignidad y dos toros mansos e imposibles para el lucimiento. El cuarto puede que se alzara con el primer puesto de mansedumbre. Desde que salió de toriles, carrera para un lado y el otro, siempre a la huida. Saltó en el caballo en vez de entregarse en el encuentro y hubo después un poema interminable de capotazos encadenados hasta que el torero cogió la muleta. El toro tuvo nobleza, sin humillar y pocas aspiraciones de dejar a Frascuelo robarle muletazos con hondura. Anduvo centrado el torero. Digno. Dignísimo y sin renunciar a dejar el aroma al torero de siempre. Si en Madrid se le quiere, se le podía tratar mejor.

Fernando Galindo bregó perfecto al quinto, manso, agarrado al piso, que hizo pasar lo suyo a los banderillos, mientras el matador, por momentos, se desentendió del toro, hasta que no hubo más remedió que empezar la faena de muleta.

Ignacio Garibay, uno de los ocho mexicanos que han hecho el paseíllo en Madrid, imprimió voluntad al trasteo pero sin compromiso, sin atacar al manso toro que salía con la cara alta, sin entrega y que no tardó en rajarse. La faena no tuvo continuidad. Tampoco había mucho más. Su primero, segundo de la tarde, tuvo tanta nobleza como invalidez.
Qué mérito Javier Castaño inventarse toro y faena en una mansada.

 

Las reses de Escolar abren el epílogo torista
Antes de encarar la recién creada Feria del Arte y la Cultura, San Isidro apura sus últimos días cediendo un año más todo el protagonismo a las ganaderías denominadas duras. Así, los Albaserrada –procedencia que también veremos el sábado con la de Adolfo Martín– de José Escolar abren un tríptico de hierros muy del gusto del aficionado de Madrid y en el que también estará presente mañana Cuadri. Para medirse a los de Escolar harán el paseíllo tres toreros que quemarán su único cartucho en el maratón venteño esta misma tarde. El salmantino Domingo López Chaves abre cartel junto a Fernando Robleño, acostumbrado a lidiar este tipo de ganado como el charro. Completa la terna José María Lázaro.