Loewe cambia el cuento

Stuart Vevers presenta en París su colección más rebelde sin renunciar a la herencia de la firma centenaria

Uno de los diseños de Loewe, en la Escuela de Medicina de París
Uno de los diseños de Loewe, en la Escuela de Medicina de París

A topa prisa, bajo amenaza de dar un traspié cuando uno llega tarde a la cita. O con cuidado, para no tropezar a la salida de la basílica del Sacré-Coeur. Escaleras de lo cotidiano que sólo existen para subir. O bajar. Pero para permanecer. Hasta que Stuart Vevers se detiene. Mira. Y una escalera aderezada con unos cestos de mimbre le permite dar forma a la colección más valiente de cuantas ha presentado en la Escuela de Medicina de París para Loewe. Claro, que sabe a qué escalera mirar. A la de la casa de Dalí en Cadaqués, aquella por la que se movía una Gala sin ataduras ni clichés y de la que se escapó para dar forma a las propuestas de la firma de lujo española para la próxima primavera. «No quería caer en una referencia a una mujer tan fuerte como Gala, he apostado por abordar los contrastes que generan su fortaleza, pasión, idiosincrasia y belleza, para extrapolarla a la mujer de hoy», explica sin perder la sonrisa.

Y es que, como ella, Vevers ejerce de alumno rebelde. De aquellos que se aburren cuando les dan la lección al dictado y necesita experimentar, mirar más allá del libro para escribir su propia historia. Darle una vuelta al cuento, al patrón. Así, de aquellos canastos nacen unos bolsos donde el trenzado se sella con piel. De los mantones de manila que empapan el archivo centenario de Loewe, toma las flores para tatuarlas literalmente con relieves en una napa fina. Y a la luz del encaje de bolillos, teje una maraña de vestidos troquelados que dejan boquiabierto. «Combinar las herramientas tradicionales y la herencia de Loewe con las nuevas tecnologías es mi principal reto ahora», explica poco antes del desfile mientras echa un vistazo a uno de sus looks más experimentales en gris que intuye formas y cortes.
El maridaje se traduce en una Caperucita enfundada en un vestido con capucha en ante que cambia el rojo por el pomelo. Pero, sobre todo, que ya no teme al lobo. Más bien, le persigue caminando desafiante sobre la pasarela al ritmo de Las Vulpes, aquel grupo punky que demostró que con un único single en su haber–«Me gusta ser una zorra»– se hizo un hueco en el «top» de La Movida. Locura atinada, sin necesidad de subir la tela de la rodilla, tan sólo insinuando con algo de malla y tul, dándole una nueva vida a la cazadora bómber y perfeccionando tanto los camiseros como las gabardinas en camel, arena y chocolate. Lo militar toma fuerza sin perder un ápice de feminidad en vestidos joya para que el terreno ganado por aquella niña que dependía de la abuelita, camine por sí sola sin depender de nadie con su amazona al brazo. En otras palabras, el lujo discreto de Loewe actualizado con unas cuñas, que también beben del grabado, y los brazaletes en oro.

El pequeño Henry de «Érase una vez» –no se la pierdan mañana por la noche en Antena 3, crea adicción– repite una y otra vez a su particular heroína: «Tú les devolverás los finales felices». Algo que sólo se logra, cuando se cambia el cuento, se sustituyen las perdices por foie, y el libro de los clásicos por el «Vogue». Loewe, con Vevers al frente, lo ha hecho.

«Vips» de universos paralelos
El «front row» de Loewe era reflejo del eclecticismo que se vio sobre la pasarela. En un mismo espacio coincidían Bimba Bosé presumiendo de bomber, Nieves Álvarez –más que orgullosa de su equipo de «Sólo Moda» en TVE–, Clara Lago, Ángela Molina y Jaime de Marichalar. Y como abanderada, Isabel Preysler, que combinó un mono negro impecable con una amazona de avestruz de la firma española, y un cinturón de mil hebillas vintage de Chanel digno de museo. «Puede tener fácilmente dos décadas», confiesa, sin que parezca que haya pasada el tiempo. Ni por Isabel. Tampoco por el cinturón.