Madera y tablas

Aunque empezó en el teatro le faltó un gran papel dramático por interpretar

Miguel Narros le dirigió en cinco ocasiones, pero si tuviera que elegir una obra se quedaría con «La noche de los generales»

La fama le llegó a lomos de un caballo; sin embargo, Sancho Gracia se curtió en las tablas del teatro y fue un actor de una pieza, sólido, con su propia escuela. Cuando su familia decidió emigrar a Uruguay, él se matriculó en el conservatorio (la culpa de que se dedicara al noble oficio de actor, dicen, la tuvo un anuncio de un periódico) y allí hizo sus primeras obras teatrales. Conoció los versos de Shakespeare y pudo paladear también los de Lorca. Decía muy bien y quienes saben del oficio lo valoraban como uno de los grandes. Él, en sus últimas entrevistas, cuando le preguntaban por la generación de nuevos actores, aseguraba que haberlos, los había, pero que a veces no era capaz de entender lo que decían. Quizá se quedó esperando que llegara ese gran papel sobre las tablas que se quedó a las puertas, aunque siempre reconoció el teatro como su primera casa. Creció junto a los grandes y a su lado se midió de igual a igual. Y los grandes eran nada menos que José Bódalo, Carlos Lemos, Francisco Rabal, Ismael Merlo y tantos nombres más con los que compartió muchos días y con los que vio amanecer muchas madrugadas. Miguel Narros, uno de los grandes maestros teatrales, le dirigió en cinco ocasiones. Si se tiene que quedar con una obra elige «La cena de los generales»: «Disfrutamos muchísimo. Hicimos mucha gira con muchísimo éxito. Luego salíamos, cenábamos... Nos lo pasamos estupendamente», recuerda Celestino Aranda, amigo suyo de toda la vida, siempre cerca de Narros. Después volvió con «Versos bandoleros y canciones escondidas», que estrenó en julio de 2011 y de la que apenas se pudieron hacer una decena de funciones.

Festival gallego
Junto con Narros fue codirector del Festival de Rías Baixas, que montó con la ilusión de un principiante. Cuando se le preguntaba por qué a estas alturas, él se encogía de hombros y con la mirada fija espetaba: «No sé por qué me he metido en este lío», pero lo sabía. La culpa la tenían los versos de Manrique, tan cercano siempre, de Sánchez Mejías, los de Lorca, los poemas de Machado. Y se dio esa oportunidad para disfrutar de unas tablas que no le hicieron justicia y que le fueron esquivas a este bandolero golfo. «Los versos bandoleros» decía que no eran parte de su vida, que si alguien quería ver alguna semejanza, que la viera, pero que su devenir había sido otro. Aquí y allí, al otro lado del Atlántico.

Llevaba la profesión incrustada en las venas. Ansiaba un escenario, aunque fue el cine el que se llevó el Sancho al agua. De la televisión, al final de sus días, decía: «Está muy rara: juicios y hospitales. ¡Todos me parecen iguales!». Y se le quedó a lomos del caballo un montaje de «El vestidor», que hicieron en cine Albert Finney y Tom Courtenay. «Es una propuesta por si mi hijo puede hacerla. Pero él es muy personal. Tiene sus ideas y sus compromisos. Ya veremos», dejaba caer. Barrauntaba, puede ser, que ese papel no iba a llegar. Ayer la profesión, como una piña, arropó a su familia en medio de este agosto de guadaña tan afilada.

 

Álex de la iglesia, el revulsivo
Las nuevas generaciones conocieron, y valoraron, el carisma y el talento de Sancho Gracia por cortesía de Álex de la Iglesia, siempre amante de los actores de raza, que eran importantes sin darse importancia. Su primera colaboración fue en «Muertos de risa» (1999), pero fue en «La comunidad» (2000), en la que De la Iglesia le hizo un papel a la medida en un registro que se alejaba de los estereotipos de galán. En «800 balas» (2002), De la Iglesia le dio el papel protagonista y Gracia se permitió el lujo de autoparodiarse: el actor carismático y apuesto encarnaba a un especialista de cine en plena decadencia. Su última colaboración juntos fue en «Balada triste de trompeta» (2010).

 

La lección de doña Margarita
Cuando llegó con su familia a la capital de Uruguay, al poco, se matriculó en el conservatorio. Tuvo la suerte de ser alumno de Margarita Xirgu (en la imagen), quien le enseñó a ser humilde. «Me decía: ‘‘Ayuda a los demás, que ellos te ayudarán a ti''. Fue un bautismo de seriedad en la profesión. Debuté en los escenarios con ella», recuerda. Fue en «El sueño de una noche de verano», y hacía de extra. Cuando estaba entre cajas abría mucho los ojos para no perderse nada.