No estaba muerto

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De mis años de infancia recuerdo una cancioncilla de Peret que se basaba en el hecho de que un personaje al que habían dado por difunto con la consiguiente alarma, en realidad, no estaba muerto. No recuerdo todos los detalles del relato, pero no he podido evitar que me viniera a la mente al escuchar los comentarios últimos sobre la salud política de ZP. Me consta que ahora mismo es muy popular afirmar que, tras el resultado de las primarias del PSOE en Madrid, ZP ya es un cadáver, que el día menos pensado una revuelta palaciega va a acabar con él y que Rajoy va a llegar a La Moncloa con tanta seguridad como al día le sucede la noche. Lo siento, pero yo no estoy tan seguro. El pasado fin de semana se celebraron primarias en casi una docena de puntos del territorio nacional. En todos y cada uno –salvo Madrid, que siempre ha tenido una federación un tanto rara– los zapateristas arrasaron con un porcentaje de votos casi búlgaro. Para no controlar el partido, no está mal. Por otro lado, no tengo yo la sensación de que Tomás Gómez vaya a ser una especie de Cromwell que se subleva contra el déspota, y no la tengo porque el PSOE no ha conocido una revuelta interna desde que Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo se unieron al comité de Casado en 1939 en contra de Negrín, su siniestro compañero. Justo es decir que a esas alturas el Frente popular había perdido la guerra civil española y la situación sólo podía ser calificada como desesperada y no menos justo es recordar que Besteiro y el padre de Santiago fueron una excepción. Desde entonces, sin embargo, el PSOE ha sido una balsa de aceite y los ejemplos son abundantes. Nadie se sublevó contra Felipe González –ni siquiera los guerristas– cuando estaba hundiendo España y hacía peligrar los puestos de sus compañeros. Nadie se sublevó contra el pacto con ETA a pesar de haber acompañado al cementerio a los cadáveres de sus compañeros asesinados por la banda vasca. Nadie se sublevó contra el Estatuto de Cataluña a pesar de que en los pasillos eran docenas los diputados que decían que aquello no podía ser. Sí, no podría ser, pero fue. El PSOE tiene un alma específica que lleva a sus militantes, especialmente en momentos de crisis, a cogerse de la manita y a lanzarnos, que no a lanzarse, al abismo. A día de hoy, ZP sigue controlando ese partido, es el que puede decidir los acomodos que recibirán los militantes –incluidos los que puedan perder la poltrona en las elecciones– y, sobre todo, cree que puede ganar las próximas elecciones y, por desgracia, esa eventualidad no se puede descartar. El PSOE con ZP, el SINTEL de Rubalcaba y la fiscalía de Caamaño es un adversario capaz de reducir distancias electorales en una semana. No digamos ya si ZP en el último momento es sustituido por un tercero. Entonces el PP que se ha empeñado en no dar la batalla ideológica sino sólo la anti-ZP se encontraría como aquel que, según contaba Brassens, fue a un entierro con flores y a la muerta le dio por resucitar. ¿Qué está muerto? No, como decía Peret, estaba de parranda, y lo malo es que la juerga la podemos pagar nosotros.