Educación diferenciada

La Razón
La RazónLa Razón

Esta semana ha sido para nosotros muy intensa. Nuestra hija, que estudia en el mejor colegio francés de España (Union Chrétienne de Saint Chaumond), ha realizado los exámenes del «Diplôme National du Brevet» en el Liceo de Madrid con profesores ajenos al colegio, una especie de «reválida de cuarto» (me entenderán los de mi generación) que prueba los conocimientos y la madurez de unas niñas de 14-15 años. A la cabeza de las alumnas, madame Ayrault, la directora del colegio, una monja menuda de cuerpo, pero grande de alma, inteligencia y carácter, para que «no estuvieran solas» en la primera prueba importante de su educación. Junto a ella, madame Carmen, el lexatín en persona de nuestras hijas, cuya sonrisa actúa de bálsamo de Fierabrás para ellas. Y también las madames Ribada, Roger y Auguet. En el Liceo, una enorme cantidad de chicos y chicas para realizar el examen. Ningún problema para las que estudian en un colegio de educación diferenciada. Se mezclan con la mayor naturalidad. Los exámenes abarcan historia, geografía, educación cívica (sin manipulaciones), francés (con «la dictée» y una redacción en la que evalúan la riqueza de su vocabulario) y las imprescindibles matemáticas. Como cualquier alumno español (empleo el genérico masculino), gritan de alegría al terminar su primera gran prueba. Son chicas que reciben unos excelentes conocimientos a los que el Colegio añade una extraordinaria formación para la vida. Ahí, señor ministro, es a donde hay que llevar el debate: a la calidad del sistema educativo, y no a atacar un modelo de enseñanza extendido en todo el mundo libre y que da unos resultados excelentes.