Comer comer

La Razón
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En tiempos de abundancia, se hace arte de los placeres de la rica mesa. En los de penuria, se roban restaurantes finos. El mundo tiene un problema culinario, un inconveniente de peso: mientras a Occidente le sobran kilos a tutiplén, y se pasa la vida «a régimen», en los países piadosamente llamados «en vías de desarrollo» la gente no tiene qué llevarse a la boca. Mientras los ciudadanos de los países ricos lucen sin garbo un escandaloso sobrepeso –que afecta, curiosamente, a los más pobres de los países ricos–, los habitantes de los países pobres no consiguen llegar al peso mínimo que les permita sobrevivir. Mientras los habitantes de los países pobres se mueren de hambre porque no tienen qué comer, los de los países ricos se mueren de hambre porque están a dieta. Muchísimos males del mundo actual tienen que ver con nuestros hábitos, modos y recursos alimenticios.

En Occidente, hay quien presume de ser un «gourmet». La figura contraria sería el «gastrópata». El gastrópata es un enfermo del estómago o de las vías digestivas que, aun teniendo qué comer, sufre mientras lo hace, e incluso si no lo hace. Todos hemos conocido a alguien que se quejaba de úlcera de estómago (aunque, al cabo, los médicos siempre descubrieran que su estómago no tenía nada de qué condolerse). Antiguamente se penaba mucho la llamada «gastroptosis», que es una especie de relajación del estómago que consigue que cuelgue hasta cerca del pubis e induce un estreñimiento pertinaz acompañado de vivos dolores durante la digestión. Esta enfermedad la provocaba el uso del corsé por parte de las mujeres, y también la soportaban los hombres muy flacos. Para curarla, existía la faja de Glènard, una especie de cinturón de castidad que sostenía el vientre como en una estantería. Por fortuna, hoy día pocos sobrellevan tal dolencia aunque existan la bulimia y la anorexia, males modernos pero antiguos, seguramente. Los seres humanos tenemos un problema con la comida; en general, no sabemos o no podemos comer. O no nos dejan. Desde que estamos en recesión, el fantasma del hambre se ha despertado y bosteza en el imaginario de algunas personas mayores que lo sufrieron en carne propia durante la posguerra. «Cómetelo, que mañana quién sabe si la nevera estará llena», oigo decir a las abuelas. Y se me encoge el estómago…