Louis Vuitton acaricia la leyenda de Hermès

La guerra está declarada. Las hostilidades abiertas entre el líder mundial del lujo, el grupo LVMH, y otro emblema del «savoir faire» a la francesa, Hermès, considerada la más exclusiva de las marcas en este selecto universo cuya historia es también una historia de fagocitosis.

Bernard Arnault, presidente de Louis Vuitton, habla con el frabricante suizo de relojes Jean-Claude Biver
Bernard Arnault, presidente de Louis Vuitton, habla con el frabricante suizo de relojes Jean-Claude Biver

Junto a Chanel, Hermès, es uno de esos tesoros inexpugnables. De capital familiar y tradición bien anclada. Independientes. Hasta la ofensiva del magnate Bernard Arnault y la adquisición de un 17 % de la casa más prestigiosa del parisino Faubourg Saint Honoré, donde han saltado las alarmas.

La emboscada sigilosamente preparada y desvelada hace una semana por el todopoderoso dueño de Louis Vuitton y Dior, entre otros, ha caído como una bomba en la maison de calesa. Sus delicados echarpes y su exclusiva marroquinería nunca habían sido, hasta ahora, tan codiciados. Pero el interés y las buenas intenciones del patrón del lujo mundial causan más recelos que confianza. Por mucho que insista en querer presentarse como un benefactor. Un «inversor a largo plazo» dispuesto a «poner a resguardo esta sociedad familiar, protegiéndola de la toma de control por parte de un grupo extranjero». No hay quien crea que tras desembolsar 1.450 millones de euros, se quede «de brazos cruzados viendo los trenes pasar». Su reputación de depredador financiero le precede. Batalló enconadamente durante tres años para hacerse, en 1990, con el grupo LVMH del que empezó a adquirir acciones, aprovechando el crack de 1987.

Y no porque Hermès esté en peligro, sino porque, al contrario, rebosa salud. Ha resistido a la crisis mejor que ninguna otra. Sus acciones han crecido un 90 % desde principios de año y sus «carrés» de seda pesan en bolsa más que los aviones de EADS. Su capitalización bursátil es el doble que Renault y con una cifra de negocios muy inferior disfruta de una rentabilidad envidiable.¿Su secreto? Una filosofía muy particular, a gran distancia de la visión ultracomercial de su competidor. La chequera no es suficiente. Hay que saber esperar. Hasta dos años para poder adquirir el best-seller de la firma: el «Kelly» de Hermès. Un bolso homenaje a la princesa de Mónaco, por no menos de 4.000 euros. «Una gallina de los huevos de oro que, llegado el momento, Bernard Arnault, que es muy inteligente, no querrá matar. Al contrario, tratará de reforzar, respetando el espíritu Hermès. Nunca ha aplicado un mismo principio para todas sus marcas. Cada una sigue su propia lógica»", explica a LA RAZON, Jean Castarède, autor de «Historia del lujo en Francia» (Ediciones Eyrolles), anticipándose a una hipotética toma de control por el hombre más rico de Francia. De momento ya tiene un pie dentro y por medio de un alambicado montaje financiero que también ha levantado sospechas.

Pero Hermès no está en venta. Ese fue el mensaje de sus propietarios. Ya no está claro. Y no es para menos. El lujo francés, unas 75 firmas, representan una cuarta parte de la facturación total.