Superlativo Wayne Shorter

Wayne Shorter Quarter: Wayne Shorter (saxos tenor y soprano), Terri Linne Carrington (batería), John Patitucci (contrabajo), Danilo Pérez (pianista). T. Fernán Gómez, Madrid, 2-XI-2010.

Wayne Shorter, en Madrid
Wayne Shorter, en Madrid

Un concierto de los que se recuerdan siempre y pueden dejar cavilando durante meses acerca de lo que hemos recibido en ochenta minutos de creatividad sin tregua. De nuevo Wayne Shorter y el cuarteto que fundó hace ya una década y la lección permanente de que el jazz no puede seguir siendo otra cosa que el continuo salto sobre aduanas y barreras, la invención a cada instante, el territorio de la libertad que no es la meta sino el punto de partida para la construcción al momento y precisa de la maravilla. Cada vez que hemos podido asistir a uno de sus conciertos, la huella dejada aparece antes que los adjetivos y encomios. Y cada vez es distinto.

Un largo bis

Si en alguna ocasión pudo parecer que la libertad conferida a la banda dejaba al saxofonista como director musical en tantos pasajes, en esta inauguración del festival madrileño Shorter quiso recordarnos qué clase de instrumentista es. Y si tantas veces le hemos visto más enfaenado en el saxo soprano, esta noche se concentró principalmente en el tenor. Y a sus setenta y siete años, Wayne Shorter, el hombre de Art Blakey, de Miles Davis y de Weather Report, sopla el saxo tenor con el empuje de los principiantes y la sabiduría de los santos.

Su hermano del alma (del alma budista desde hace unos cuantos años), el pianista Herbie Hancock, afirma: «Wayne ha evolucionado como ser humano hasta el punto de que puede sintetizar toda la historia del jazz en una expresión musical muy especial y llena de vida». Exactamente a eso es a lo que asistimos en un concierto que no fue una lección, sino una tanda de lecciones.

Sin interrupción hasta el que se convirtió en un largo bis, la banda evolucionó sobre cuatro o cinco temas, cuya introducción melódica solía corresponder al pianista Danilo Pérez. Y el panameño toca en este cuarteto como jamás lo hizo, como acompañante o como líder, e igual sucede con John Patitucci, cuya fiereza en esta banda nunca apareció cuando militaba junto a Chick Corea. Y Terri Linne Carrington, la novedad, sucediendo a Brian Blade, la baterista igual de fuerte en la sutileza como justamente tremenda cuando se trata de atizar. Y sobre este colchón sonoro de invención constante se impone la fuerza del saxo tenor de Shorter y su capacidad de definir modos, atmósferas, comunicación de un arte ya viejo y sabio como el jazz, del que él está en primera fila como propagador de su fuerza de impacto y de seducción.

Música que parece un día escrita (Shorter es uno de los más extraordinarios compositores del jazz que tenemos), pero que en cada ejecución vuelve a definirse en las contribuciones –y también la interacción– entre cada uno de los músicos. Y hay pasajes de búsqueda, pero siempre llega el momento del feliz encuentro. Una banda en la que cada uno de los músicos es solista en cada instante. Y al mando está Wayne Shorter.