Val del Omar el artista sin tribu

Fue tildado de excéntrico, de místico, y con orgullo llevaba la bandera de náufrago, de fracasado, de incompleto. José Val del Omar (Granada, 1904) partió del cine para mostrar lo invisible, el alma colectiva, enseñar lo que está fuera de la realidad con películas trastocadas por sus propios ingenios: filtros, focos, montaje, 500 efectos sonoros en veinte minutos 

Su exigua producción es hoy un referente de culto y, según Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía, que le dedica una completa exposición, «de haber nacido en otro país, aparecería en las páginas de los manuales de arte».

Su genio creativo, según Borja Villel, merece ser proyectado en un museo para «volver al abovedado de la cueva frente a la estrechez del lienzo». Aunque ayer, en la presentación de la muestra, Gonzalo Sáenz de Buruaga, yerno y amigo del artista, le contradijo: «No creo que le hubiese gustado mucho exponer en un museo ni estuvo cómodo jamás en los círculos académicos porque no tenía tribu», afirmó.

Tríptico de España

Su producción comenzó con el espíritu colectivo de las Misiones Pedagógicas de la Segunda República, pero fue en la posguerra cuando terminó sus obras más importantes, y las pocas que se conservan completas. La principal fue «Tríptico elemental de España», un recorrido en tres cortometrajes por Granada, tierras de Castilla y Galicia, en el que con el simbolismo de los elementos propios del paisaje –agua, fuego y tierra– explora las fronteras de la realidad. Cernuda le definió como «un poeta de la imagen» porque, para explorar el espíritu de Castilla, iluminaba las tallas religiosas de Alonso de Berruguete o Juan de Juni, entre paisajes coloreados, y terminaba la proyección con su voz: «La muerte es una palabra que se queda atrás cuando se ama, porque amar es ser lo que se ama». Aunque su obra se ha recuperado en filmotecas y festivales, el discurso se queda incompleto, según Borja Villel, porque «no se ha dado espacio a su discurso». En la muestra pueden verse «collages», grabaciones familiares y el testimonio de que Val del Omar escribía registros de propiedad de cámaras de su invención al mismo tiempo que poesías y cartas a Fraga Iribarne o Adolfo Suárez.

Su misticismo, que vale tanto para la poética castellana como para el ambiente sufí de Granada (que plasma en «Aguaespejo granadino, la gran siguiriya»), terminó por acuñar un término: la «mecamística». Val del Omar desarrolló desde la intuición el Laboratorio Plat (Picto-Lumínico-Audio Táctil) como un delirio técnico que convertía al proceso creativo en la propia obra de arte. Una buena ventana a su mente es el estudio de Madrid en el que trabajó durante veinte años, lleno de cachivaches y un camastro, reproducido exactamente como lo dejó. Si quieren ver la hoja del calendario que nunca arrancó, vayan, allí está.


Música de lagartija
Los granadinos Lagartija Nick ya le pusieron música. En 1998 editaron «Val del Omar», un trabajo radical que siguió al magistral «Omega» que grabaron junto a Enrique Morente. El resultado fue un álbum transgresor apoyado en la filosofía del artista que había quedado en el olvido y que ahora saldrá reeditado y volverá a sonar en cinco conciertos en España. Uno de ellos será el próximo 18 de noviembre, en el auditorio del Reina Sofía, coincidiendo con el 20 aniversario del Museo.