Historia

Saqueo piedra a piedra

El patrimonio artístico español sufrió un brutal expolio en el primer tercio del siglo XX. El magnate W. R. Hearst fue uno de sus principales beneficiarios«La destrucción del patrimonio...»VV.AA. Cátedra736 páginas, 32 euros.

Interior de la Casa Grande (California), con dos tapices españoles de la escuela del siglo XVII
Interior de la Casa Grande (California), con dos tapices españoles de la escuela del siglo XVII

Dice Pedro Navascués en el prólogo del libro «La destrucción del patrimonio artístico español. W. R. Hearst: El gran acaparador» (Cátedra) que «a juzgar por el título, la portada y el contenido de este libro, el lector puede sospechar desde el principio que tiene ante sí el argumento de un guión cinematográfico». Y es que gran parte del volumen está dedicado al todopoderoso magnate de la comunicación del siglo XX William Randolph Herst, uno de los más febriles y compulsivos coleccionistas de arte, protagonista muy significado en el expolio que sufrió España en su patrimonio artístico entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Escrito por José Miguel Merino de Cáceres, catedrático de la Escuela de Arquitectura de Madrid, y por María José Martínez Ruiz, profesora de Historia del Arte en la Universidad de Valladolid, es la crónica de un país inculto que hizo almoneda de su casa vendiendo al mejor postor lo más representativo de su historia. Una crónica de vendedores, intermediarios, consentidores, encubridores y compradores de una riqueza cultural acumulada durante siglos. El resultado es un estremecedor catálogo de piezas que fueron perdidas y hoy se encuentran desperdigadas en colecciones de todo el mundo, principalmente en Estados Unidos.

Pérdidas sin cuantificar
Según el profesor Merino de Cáceres, «es imposible cuantificar el número de piezas que salieron. Ni siquiera se puede hacer un porcentaje estimativo, puesto que no había catálogos. Gaya Nuño, uno de los pioneros en investigar el arte español, cifra la pérdida de 500 edificios, pero yo creo que fueron muchos más. Decenas de conventos –franciscanos, agustinos, jerónimos, dominicos– fueron destruidos y se convirtieron en cantera de otras construcciones. Calculo que puede ser un 70% en hombres y algo menos los femeninos». Las causas, prosigue el profesor, «son muchas: las desamortización, las guerras, el desarrollismo…pero la peor y más importante fue la ignorancia y la mala educación. La miseria, el analfabetismo y la incultura, incluido el bajo nivel cultural de la Iglesia en el XIX. Vendieron todo. También porque eran propietarios de casi todo. El 85% del territorio nacional y de los bienes inmuebles era de su propiedad. La nobleza también vendió, pero no tanto. Algunos grandes de España, como la casa de Osuna o de Alba, lo hicieron en época de necesidad, lo que provocó la avidez de anticuarios extranjeros». La profesora Martínez Ruiz abunda en este aspecto: «Les parecían antiguallas y querrían desprenderse y solucionar de paso sus problemas de liquidez, aunque lo hacen fuera de España porque estaba mal visto. Como hace la Iglesia en casos como la verja de la catedral de Valladolid, que había desmontadao y vendido al peso». Otro aspecto que influyó en esta sangría fue la ausencia de una legislación adecuada que regulara de forma oficial la protección del patrimonio. «No hubo nada hasta el año 25. La ley más importante fue la del 33, durante la II República –Ley de Protección del Tesoro Artístico–, que estuvo vigente hasta el año 85. Gracias a ella se salvó mucho y es el único momento en el que hubo una conciencia de salvaguarda del patrimonio». En la actualidad, dice, «hay 17 leyes homologadas, pero falta coordinación y personal preparado. Se necesita una ley única y más efectiva». Algunas ciudades sufrieron destrucción y expolio en guerras –como Salamanca o Zaragoza en la de Independencia. En el siglo XIX se habían destruido las murallas para ampliar las ciudades, caso de Soria, porque se creía que eran un corsé que limitaba el crecimiento, «pero lo que más daño hizo a las ciudades fue el desarrollismo a partir de los años 50. La piqueta derribó muchos edificios históricos –Soria, Guadalajara…–. Se cometieron verdaderas aberraciones y se dilapidó el patrimonio urbanístico en aras del desarrollo y del negocio y la especulación». En cuanto a venta de obras de arte, «la época más nefasta fue el periodo de entreguerras, sobre todo por los grandes coleccionistas americanos –prosigue el profesor– que habían acumulado grandes fortunas en los años 20 y acudieron a Europa a comprar arte aprovechándose de la incultura.

A golpe de talonario
El más dañino de todos fue W. R. Hearst. No fue un coleccionista cualificado, sino un acumulador de obras de arte que no pasará a la historia de los grandes». A través de turbias maniobras, no dudó en vulnerar todo tipo de obstáculos legales a fin de satisfacer su insaciable apetito. A golpe de talonario contó con colaboradores en todos los estamentos sociales. Compró en España claustros enteros, rejas, artesonados, tapices, armaduras, cerámica, que tenían como destino su rancho San Simeón y sus mansiones. Su agente en España, Arthur Byne, «se aprovechó y jugó en esto un papel nefasto. Persona culta y rica, se dedicó a vender arte al por mayor. Sobornaba y compraba porque le vendían y autorizaban, aunque buscaba que no trascendiera».
El apartamento de Nueva York fue «la mayor de sus locuras». Según Martínez Ruiz, «lo llenó de tapices porque sentía devoción por ellos y consiguió tener una de las mejores colecciones. También por la cerámica griega y la hispano-morisca. Con esta decoración buscaba parecerse a la nobleza europea. Es doloroso comprobar cómo fue autorizada la venta de los monasterios de Sacramenia y de Óvila. Del primero sólo se ha reconstruido en Miami el claustro y la sala capitular, lo demás está arrumbado. Del segundo se ha perdido casi todo. Se rehízo la sala capitular y sólo el 40% de las piedras es original». Y apostilla Merino de Cáceres: «Lo peor es que casi todo está desperdigado. Hasta el año 62 fueron 18 subastas las que liquidaron su patrimonio». Así se cerraba uno de los capítulos más negros de la historia de España. El 14 de agosto de 1951 moría en su residencia de Beverly Hills una leyenda que en realidad ya había expirado unos años antes cuando un joven e irreverente Orson Welles lo había convertido en «Ciudadano Kane» imaginando para él un final no muy distinto al que el destino le tenía preparado.

 

Charles Foster Kane, el coleccionista de cine
El personaje interpretado y dirigido por Orson Welles en «Ciudadano Kane», Charles Foster Kane, estaba llamado a ser más famoso que su álter ego, W. R. Hearst. La película fue estrenada en 1941 y recibió un Oscar al mejor guión del propio Welles y Herman J. Mankiewicz. Está considerada una de las obras maestras de la historia del cine. Welles caricaturizaba en ella al todopoderoso magnate de la prensa sensacionalista que con métodos poco éticos manejaba la política, la economía y la cultura americanas. Al tiempo que comenzaba la leyenda Kane-Hearst, lo hacía también su declive definitivo. Algunas de las secuencias del filme, como la que acompaña a estas líneas, reflejaban a la perfección ese afán casi omnívoro del magnate por coleccionar sin medida (y prácticamente al peso) en forma de candelabros, tapices, arcos góticos con remates conupiales (en la imagen) o esculturas. Su mansión (igual que las varias que poseyó Hearst) era un auténtico museo.