Los vagabundos se enquistan en las plazas emblemáticas de Barcelona

El invierno no ha ahuyentado a los vagabundos que con la llegada del buen tiempo se dejan caer por Barcelona. La Barceloneta, la plaza Urquinaona, el parque Joan Miró, la Estació del Nord o la plaza dels Àngels son algunos de los enclaves donde se han asentado grupos de sin techo, muchos, con pasaporte extranjero, que llegaron como turistas, como los personajes que encarnan Scarlett Johanson y Rebecca Hall en «Vicky Cristina Barcelona», aunque encajen más en la ciudad desaliñada que González Iñárritu retrata en «Biutiful».

Ante el museo del Macba se puede ver a vagabundos a todas horas
Ante el museo del Macba se puede ver a vagabundos a todas horas

Aunque desde los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona insisten en que «cada persona sin techo es un mundo», el perfil de estos indigentes nómadas difiere de las 1.100 personas sin hogar que utilizan los servicios de atención diurna –comidas, duchas, ropero y talleres– de la Xarxa d'Atenció a les Persones Sense Sostre (XAPSS).

La mayoría son hombres jóvenes con visibles problemas de adicción al alcohol u otras drogas, como el grupo de una docena «polacos» que «okupa» la zona norte de la plaza Urquinaona.

«Ex militares del este»

Entre los vecinos, corre el rumor de que «estos chicos del este formaban parte del ejército de su país», dice una mujer mayor que vigila a su nieta desde uno de los bancos de la plaza. La niña persigue a palomas entre los arbustos, donde 24 horas antes, un joven dormía agarrado a una botella. Dos bancos más a la derecha, el grupo de «polacos» habla mientras comparte una «Xibeca». «No son conflictivos hasta que se emborrachan, porque a veces se pelean», se explica la señora.

Pero el problema serio es que los nómadas han hecho suya la plaza e imposibilita a los ciudadanos disfrutar de ella. El olor a orín es insoportable, sobre todo, cuando toca el sol, como el jueves pasado a mediodía. La plaza se ve dejada, sucia. Es un «cul de sac», entre el Eixample y Ciutat Vella. El plan de actuación municipal (2008-2011) preveía su remodelación esta legislatura, que llega a su fin. El Ayuntamiento alega que la reforma está condicionada a otros proyectos que no son su quehacer, como la adaptación de la estación de Metro de Urquinaona.

La conselleria de Sostenibilidad y Territorio, responsable de las obras, tiene pendiente construir un nuevo vestíbulo para la L4 y otro acceso, además de mejorar su conexión con la L1. Pero estas obras, a su vez están pendientes de la conclusión de la cola de maniobras de los Ferrocarrils, que discurrirá bajo Fontanella y servirá para agilizar el tráfico hacia el Vallès. La conselleria no sabe aún si el plan de austeridad de Artur Mas afectará su ejecución.

Un problema similar, pero con el Macba de telón de fondo, vive la plaza dels Àngels. Allí no se necesitan obras, pero un grupo de vagabundos, más numeroso, una veintena, se ha apoderado del porche del museo de arte contemporáneo. Impera el castellano. Muchos son latinoamericanos, aunque también hay autóctonos, tal y como delata un joven que dice: «Molt bé, veo que vaís aprendiendo catalán, ya me pedís la birra con un "si us plau"». La mayoría, casi todos hombres de entre 20 y 50 años, no están en la calle única o principalmente por problemas de índole económico, también sufren adicciones y problemas de desestrucuración familiar. Los educadores del servicio de inserción social los conocen, pero admiten que «no podemos obligar a nadie a dormir en un albergue municipal». La policía también les informa de que la ordenanza municipal prohíbe acampar en la calle.


Petates, sacos de dormir y hasta cámping gas
Poco antes de las dos de la tarde, los guardias de seguridad del Macba cambian de turno. Aprovechan para intercambiar unas palabras sobre el serial que, desde hace al menos un año, siguen desde su puesto de trabajo, los entresijos de los nómadas indigentes que han «acampado» en el porche del Macba. «Ya ves, hoy hasta han encendido el cámping gas», comentan. Un grupo de unos cinco hombres calienta sopa de sobre en un cámping gas que han plantado en el porche, tocando a la calle Montalegre. Antes, se sentaban en los recovecos de la pared lateral del Macba, que da a Montalegre, pero ahora hay vallas que dificultan su acceso. Sentados sobre el cartel que anuncia el museo, otro grupo aplaude a un colega que trae cervezas. Una pareja de japoneses, con la cámara en mano, mira la escena estupefacta.