Como un Torrente

 
 

El fenómeno más relevante que ha dado el cine español en los últimos años ha sido Torrente, el personaje creado e interpretado por Santiago Segura. Un ex policía facha, racista, misógino, putero, amoral y machista, héroe en un mundo más corrupto que él. Inicialmente, era un franquista nostálgico de un tiempo que la democracia había arrumbado: la imagen posmodernizada de «Martínez el facha», de Kim. Dos personajes anclados en el tiempo, pues el mundo que los sustentaba hacía décadas que había desaparecido. Sin embargo, por su versatilidad e inmoralidad, Torrente era más idóneo para convertirse en el contratipo cutre de la España progre que se desvinculó de Franco y Fuerza Nueva y prefirió al Fary y el Atlétic. El Fary es el faro de Torrente, su guía espiritual, el receptor de sus cuitas y quien le anima a seguir su cruzada contra la modernidad dislocada, de la que él es su peor exponente. Puede parecer paradójico que este pícaro carente de valores, grosero, ignorante, manguta y aprovechategui que es Torrente represente mejor que nadie la deriva cochambrosa de cierta España democrática, cuya divisa es: cuanto peor, mejor. Su crítica, en clave de esperpento, de la sociedad española, con discretas alusiones al desastre que ha supuesto el socialismo, no puede ser más negra. Algo berlanguiana, pero más próxima al cine de Mariano Ozores y su galería de personajes amorales, que desprecian todos los valores y son capaces de llegar a tales simas de indignidad que sólo Torrente ha superado. Lo que millones de espectadores celebran de Torrente es la continuidad con el «landismo» y la puesta al día de caraduras como Pepito piscinas, los energéticos y los bingueros de Esteso y Pajares en versión friqui. Torrente es la vuelta posmoderna de lo reprimido de un cine que ha de recurrir a la bajeza, la astracanada y la incorrección política más extremas para que el espectador pueda gozar de este espectáculo degradante sin sentirse culpable.