Michelle se viste de luces

La primera dama visitó la Plaza de Toros de Ronda. Por la noche, se la esperaba en la gala de Eva Longoria y Antonio Banderas, pero Michelle Obama no acudió.

Michelle Obama, de la playa a la plaza de toros de Ronda
Michelle Obama, de la playa a la plaza de toros de Ronda

Una cena al más puro estilo «made in Hollywood» debía poner el broche final a la estancia de Michelle Obama en la costa malagueña. Desde su llegada, los españoles se han volcado con la Primera Dama y por eso ella ha querido recompensarles, colocando a Marbella entre los lugares a los que todo norteamericano debe ir. Entre las muestras de generosidad estaba su asistencia prevista a la «Starlite Gala» que organizaron dos «celebrities» latinas de gran calado en EE UU. Eva Longoria y Antonio Banderas reunieron a un gran número de famosos en la cena que organizaron ayer en el hotel Villa Padierna, donde se alojan Michelle y Sasha. El evento se preveía como el «fiestón» del verano, con más de 170 medios acreditados y 500 invitados. Por el «photocall», que duró más de tres horas, desfilaron los «vip» que pagaron unos 1.000 euros por cubierto y, por supuesto, Eva Longoria, y su marido Tony Parker. Una gran despedida para una gran dama, aunque pasaban las horas y Michelle Obama no había aparecido. Casi a las dos de la mañana, los invitados comenzaron a abandonar el «barco». Los temores se confirmaron: Michelle no había asistido.

Michelle Obama también acudió ayer a Ronda, emulando a Ernest Hemingway y Orson Welles (Martin Amis también se descuelga por ahí, pero él es británico y, por tanto, parece que cuenta menos). Como sus compatriotas, se interesó por los toros, siempre tan pintorescos. Visitó la plaza, que ya es bicentenaria, y, en un acto de curiosidad, preguntó por la Fiesta Nacional, sin reparar en que hoy en día preguntar por eso es como preguntar por el debate territorial que ha dividido el país. Pero ella está de turismo.

A la primera dama de Estados Unidos no le acomplejó el calor y se paseó por sus calles con una solana que hacía temblar los termómetros. Y lo hizo de negro, que es el color de la elegancia y fue el preferido de Felipe II. Los cuarenta grados no la amilanaron para nada, pero su iniciativa y ese calor casi terminan con el voluntarioso séquito. de hecho, una de las personas de su comitiva sufrió un golpe de calor y tuvo que sentarse para recuperar parte del aliento. Los vecinos la gritaban desde la sombra eso de «Michelle, Michelle», y ella sonreía.
Así, durante tres horas, y en una localidad donde hasta lo más llano parece una cuesta al mediodía. La hija iba a remolque, con una expresión más seria. Recorrieron juntas los monumentos principales: la casa de Don Bosco, el Palacio de Mondragón, el Puente Nuevo, Santa María la Mayor y la antigua medina, con los Jardines de Forestier.


Cena sin Sasha
De ahí se fueron a una mina, que siempre es un recinto fresquito. Tras saludar a los vecinos que la reclamaban, se dirigió a un restaurante. Una hora y media para reponer fuerzas con unos platos de jamón y unas yemas de ronda que no son para renunciar. Michelle se plantó sobre las dos y media de la tarde en la plaza de toros. Una hora en que eso del tendido de sombra no existe aún. Aguantó el tirón, vio el coso, lo comentó y se marchó al museo taurino para empaparse de esta tradición que tan mala racha atraviesa ahora.

Tras este recorrido apresurado, la comitiva regresó a Marbella. Michelle Obama acudió al restaurante La Meridiana sin su hija, donde le prepararon un reservado para veinte personas. Para cenar tomó aperitivos diversos, vieiras, salteado de solomillo y suflé de chocolate. Un alto de cerca de cuatro horas antes de volver al hotel donde se preparaba la fiesta del verano en España: una gala, de carácter benéfico, respaldada por dos de los rostros más populares de Hollywood: Eva Longoria, una de las mujeres más desesperadas de la televisión, y Antonio Banderas, el latino «made in Spain» más célebre de la meca del cine.

La posible asistencia de la primera dama de Estados Unidos incrementó el interés por este acto. Muchos, al enterarse de esta invitada de lujo, han querido apuntarse, pero ya era tarde. Sólo el paseíllo del «photocall» duró tres horas. Eran los prolegómenos para entrar al hotel Villa Padierna, el mismo en el que se aloja la señora de Obama, que al final no acudió. Desde uno de los salones se accedía a los jardínes donde se desarrollaba el acto. Los invitados, más de quinientos, se distribuyeron entre las mesas redondas.

Al fondo de la fiesta se había instalado un escenario, al que subieron –después de que José María Cano disculpara su presencia ayer en Málaga– Amaral, Tamara, Rafael Amargo, David deMaría y también Chenoa, que acudió sola. La cantante escogió para esta noche el mismo vestido que la presentadora de televisión Soledad Arroyo. Sólo se diferenciaban los colores. La primera eligió un tono morado, la segunda uno verde. En una mesa se juntaron Antonio Banderas, Melanie Griffith –acudieron con su hija Stella del Carmen y con Dakota Johnson, hija de Griffith y Don Johnson–, Eva Longoria y su marido, el jugador de la NBA Tony Parker, con el que no paró de compartir arrumacos durante toda la noche, para envidia de muchas.


El español de Longoria
La modelo Eugenia Silva estuvo a cargo de la presentación y Eva Longoria hizo gala de su simpatía y de su perfecto español con acento mexicano. La actriz presentó una de las organizaciones que preside dedicada a niños discapacitados a unos invitados entre los que se encontraban el jeque de Qatar Abdullah Ben Nasser, el embajador de EE UU en España, Alan Solomont, el Secretario de la Presidencia de Gobierno de España, Bernardino León, Luis Alfonso de Borbón y su mujer Margarita Vargas, Paloma Cuevas, Boris Becker y su esposa Lilly Kessenberg, Carlos Herrera y Mariló Montero, Luis del Olmo, Manu Tenorio y Adriana Karembeu, entre otros muchos.