Caprile rinde homenaje al corsé por Jesús MARIÑAS

Lorenzo Caprile, uno de los modistas más deseados
Lorenzo Caprile, uno de los modistas más deseados

Son reliquias, retazos o, acaso, también nostalgias de la «belle époque». Lorenzo Caprile es incansable. Lo suyo no sólo consiste en poner virtuosismo en la moda española revistiendo a la Infanta Elena, porque Doña Letizia sigue las discretas, nada estridentes y, a veces erróneas, directrices de Felipe Varela. Lo de Caprile es menos comprometido. Va por libre y así le pinta, como en el dificilísimo modelo lucido por Mar Flores la noche de «Telva», que se llenó de nostalgias y reconocimientos para Nieves Fontana. Ya nada será lo mismo y se pronostica un cambio editorial en la revista más española del mercado, ahí no hay título de importación. Como tampoco en la tijera inspirada de Caprile.
 Sigue la ruta de los grandes decoradores como Cortezo, Burmman, Viudes, Capuletti y José Caballero. Alterna la escena con el gran teatro del mundo y caliente está su magistral exhibición en un clásico como «El alcalde de Zalamea». Le preocupa la historia del vestir, de ahí que ahora monte la «I Feria Vintage» con una exhaustiva exposición de corsés. Repasa una prenda tan histórica, luego rescatada por la informalidad de Gaultier, que hizo distintivo de marca personalizada en Madonna.
De ellos hay buena colección, comparable a la del promotor en «L'arca de l'Avia», anticuario barcelonés del Barrio Gótico, en plena calle de la Paja, ya con muchos locales cerrados por crisis. Tienen una muestra amplia, permanente y renovada, no sólo de una importantísima colección de trajes casamenteros. Acabo de tener en la mano un Dior en lamé de los 70 por sólo 150 euros.
El corsé como santo y seña. Hasta Penélope vistió creaciones del más que brocante. Todo el vestuario de «Vicky-Cristina Barcelona» lo facilitó Carmina, su propietaria, sin cobrar un real. Auténtico amor al arte y ella, ingenua menos en el «negosi», amplió una foto de la Cruz con uno de sus trajes rosados y la plantó para adornar la atiborrada tienda. Hasta que una mañana, sorpresa-sorpresa: Javier Bardem entró, le plantó cara y le soltó improperios de todo tipo. Amenazó con una denuncia «por uso indebido de la propiedad» y de nada sirvió que la cándida Carmina argumentara que lo único que enseñaba era un modelo de su propiedad. Escondió el retrato, pero no la crudeza del actor, tan aclamado en Francia por su último trabajo.