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«Estate quieto o te mato»

«¡Estate quieto o te mato!» Así comenzó uno de los episodios más dramáticos de la historia de España. El secuestro de José Antonio Ortega Lara a manos de ETA, el más largo perpetrado por la banda terrorista, conmocionó a toda una sociedad, que temió lo peor durante los 532 días que duró su cautiverio. El 17 de enero de 1996, la vida de este funcionario de prisiones cambiaría para siempre.

Llegaba de trabajar cuando fue asaltado a punta de pistola en el garaje de su domicilio. Apenas pudo forcejear en un par de ocasiones con sus captores hasta que fue esposado y vendado dentro de su propio vehículo. Más tarde fue introducido en lo que él creyó que era un camión, y trasladado al zulo en el que permanecería encerrado durante un año y medio. El nicho apenas medía 2,40 metros por 1,70. Y mientras la sociedad clamaba por su libertad, el funcionario de prisiones intentaba no pensar en lo que le esperaba. Tras su cautiverio, confesó que siempre había pensado que si alguna vez ETA iba a por él sería pegándole un tiro en la nuca. Ortega Lara intentaba hacer ejercicio todos los días, rezar y leer siempre que le pasaban algún periódico, e incluso escribir.

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A través de una ventana plegable le pasaban la comida y dos garrafas para que hiciese sus necesidades. Pero su estado físico, encerrado en aquel nicho oscuro, empeoraba cada día más. Terminó por ingerir tan sólo frutas y verduras para evitar los fuertes dolores intestinales. Tampoco se libró de los dolores de cabeza o la gripe. Pero era su mente la que más se debilitaba. Tanto es así, que marcó el 5 de julio como el día límite en el que se quitaría la vida. Y entonces, apenas cuatro días antes de esa fatídica fecha, cuando ya pensaba que todo terminaría, de una u otra manera, era rescatado por la Guardia Civil. La estremecedora imagen de Ortega Lara escoltado por sus familiares camino de su casa aún permanece en la retina de los españoles. En una de sus escasas apariciones tras su cautiverio, señaló que no sentía un odio especial hacia sus captores o «cuidadores», sino contra los que «ordenaron su secuestro».