Carod en el más allá

La Razón
La RazónLa Razón

Carod Rovira, cuyo nombre escrito aquí hoy suena a otro siglo, está teniendo el final que pronosticaba Valle para un reyezuelo de tragedia: ciego, loco y furioso. En su obituario político, ahora que su inquietud es sólo la de un rabo de lagartija, incluimos unos últimos gritos de insomne. Nos mantuvo tan ocupados, sirvió para tantos artículos, que mantenemos sin poner el punto final al obituario de Carod por una cuestión de celo profesional: es obligado anotar sus exabruptos postreros para ver hasta dónde puede menguar aquel que prometió una inminente Cataluña independiente. Primero libertador de entresuelo; luego entertainer-cascarrabias y, por último, sólo Carod: «¡Que se vayan a mear a su país», ha conminado con carácter ecuménico a los indignados del 15M porque hablaban en español. Desprovistas de su aura independentista, estas recomendaciones de Josep Lluís son sólo una muestra de mala educación. Queda en evidencia toda su ridícula y constante forma de proceder, la tunda de golpes que propinó a la imagen de aquello que decía defender con tanto ahínco. Si Carod lo hubiera dicho cuando era el compañero de travesuras de Maragall, hubiera sido un golpe para el turismo. Y una incomodidad insalvable si todos los turistas que él considera extranjeros están obligados a regresar para aliviarse. Hoy este exabrupto es la demostración de que el poder es implacable con los tontos y los exhibicionistas.