Harakiri de Komano

Falló en la tanda de penaltis y dio el pase a cuartos a Paraguay

Japón estampó dos veces la pelota en el larguero en su duelo a cara o cruz con Paraguay. La diferencia, drástica, estuvo en que mientras el pelotazo de Daisuke Matsui en la primera mitad valió para avivar los ánimos de los «samuráis azules» en un duelo igualadísimo, el de Komano en la tanda de penaltis sirvió para enterrarlos de manera rotunda. CayóJapón a manos del invicto Paraguay (venció a Eslovaquia y empató con Nueva Zelanda e Italia), generoso en su esfuerzo, aunque roñoso en la finalización con el cronómetro en marcha. Curiosa paradoja cuando luego nadie falló desde los once metros y el lanzamiento de Óscar Cardozo en el penalti terminante fue, simplemente, perfecto. No se puso nervioso el delantero del Benfica. Kawashima se tiró a la derecha y él puso el balón en el palo opuesto para hacer historia. La selección del idolatrado Gerardo Martino rompió con la mayor tensión posible en su cuarto intento en un Mundial la barrera de los octavos de final y alcanzó por primera vez los cuartos.El fútbol tiene estas cosas. El relato del partido menos vistoso en lo que se lleva de campeonato quedó jalonado por los minutos más intensos vividos en Suráfrica. Los últimos. Los de una tanda de penaltis –la primera– a la que que- daron abocados ciento veinte minutos de un fútbol con escasa imaginación y sobradas energías. Quizá por la responsabilidad compartida de un pase histórico que maniató cualquier asunción de riesgos. De ahí el transcurrir a veces anodino, a veces soporífero, de una contienda capaz de albergar en el espectador la certeza de que nada, o casi nada, iba a ocurrir. Todo parecía programado.La presión de Japón incomodó a Paraguay desde el principio. Además, los dos prematuros intentos de Okubo y el desgraciado Komano advirtieron al conjunto suramericano sobre las consecuencias de cualquier pérdida de balón. Por eso Paraguay estuvo cauto y se afanó en dormir el manejo del balón. Llegó a amagar por medio de Lucas Barrios, pero no dio. Sí lo hizo en la madera de Justo Villar Daisuke Matsui desde la frontal, en la que fue, sin duda, la mejor oportunidad con el tiempo reglamentario en juego.El sobresalto surtió el efecto esperado en las huestes rojiblancas, que aumentaron las precauciones para ahogar cualquier arrebato nipón. Incluso superados los primeros cuarenta y cinco minutos. Paraguay dispuso entonces de un control ficticio y Japón de una libertad condicional sin consecuencias ni secuelas.El partido demandaba algo más de lo expuesto por ambos. Pero el exceso de responsabilidad degeneró en un desmesurado conservadurismo ni siquiera roto con los cambios en uno y otro equipo. La entrada de Barreto avivó algo las acciones ofensivas de los paraguayos, aunque no lo suficiente como para variar el rumbo del envite hacia la prórroga. Su previsión era directamente proporcional a los miramientos de los 22 protagonistas por no cometer errores. El balón llegaba a quemar. Hasta el punto de que el juego directo borró los buenos propósitos del inicio y el nudo del partido. El desenlace se veía venir. Y así sucedió después de un tiempo extra de juego en el que no pasó absolutamente nada. Los porteros eran meros espectadores, y los de verdad, sobre todo los presentes, parecían contagiados del temor emanado de un terreno de juego que quemaba.Entre tanto desacierto y tanta tensión, los penaltis fueron la única alternativa para terminar con el equilibrio pretendido. En ellos Paraguay estuvo absolutamente impecable. Nadie falló. Ni Edgar Barreto, Lucas Barrios, Cristian Riveros, Nelson Haedo Valdez ni, especialmente, Óscar Cardozo. Tres de los nipones –Endo, Hasebe y Honda, el más activo de todos–, tampoco. Pero el fallo de Komano en el lanzamiento que podría haber supuesto el empate a tres condenó al noble combinado del Sol Naciente. El travesaño, in extremis, frustró su aspiración de superar los octavos en un Campeonato del Mundo, su mejor registro, logrado en 2002, cuando compartió organización con Corea del Sur.