Cavendish como Freire

Estreno del campeón del mundo en el Tournai. Sin ayuda del equipo, que ahora tiene que preocuparse de Wiggins, se impuso en el sprintOtro final con trampa. El recorrido de la jornada de hoy deja lo mejor para su parte final, con seis pequeñas cotas de montaña. El principal aliciente del día estará en los últimos 700 metros, que «pican» hacia arriba con un desnivel del 7,4 por ciento. Un escenario más que apropiado para que Valverde se deje ver entre los primeros.

Hace dos años, tan cerca y tan lejos, cuando era un mocoso insolente, un gamberro, Mark Cavendish –ganador ayer del sprint de Tournai–, el «bad boy» de la isla de Man, para imponer su ritmo demencial en los sprints del siglo XXI confesaba que su modelo a seguir en el pelotón era Óscar Freire. «Es el más inteligente. Está solo y consigue siempre encontrar hueco, arrancar y ganar». Y soñaba, deseaba que llegara aquel día en el que él se convirtiera en la evolución de Freire.

Como aquél, muchos eran los anhelos de entonces que Cavendish tenía en la cabeza. Loca, cosas de la juventud y la rebeldía, de venir de una familia problemática –su hermano pasó por la cárcel por culpa de las drogas– y él, después de dejar a la novia de toda la vida, se alocó y fue a parar con una modelo paraguaya de 17 años. Aun así, los sueños eran terrenales. La vida le enseñó a crecer deprisa, él se lo impuso cuando partió de Man a Manchester para convertirse en pistard. No había otra cosa en Gran Bretaña. De la bicicleta, al sillón de la oficina de banco donde trabajaba.

Se daba créditos a sí mismo: «Dos años», se dijo. «Si en dos años no soy ciclista profesional, lo dejo todo». Lo cumplió, para convertirse en el dueño de las llegadas masivas. Nadie le tosía. Ni a él ni a su equipo, el HTC-Columbia, una leyenda. Allí, Cavendish hacía y deshacía a su gusto. Por él, André Greipel, su enemigo número 1, se quedaba siempre en casa en las grandes citas. Los ocho hombres debían ser gregarios, lanzadores. Nada de aspiraciones personales que no fueran más allá de su nombre. Era su dictadura pero cumplía. Siempre ganaba. Luego, a divertirse con su modelo latina.

Hace dos años, tan cerca y tan lejos, cuando todavía era un mocoso insolente, un gamberro al más puro estilo «badboy», soñaba con ser campeón del Mundo. «En tres años debo conseguirlo». Lo hizo a finales de éste. Para entonces, ya tenía nueva pareja, Peta Todd. Otra modelo de delantera prominente que corta la respiración. Otra locura de «Cav» parecía. Pero no. Ha madurado, es un orgulloso padre. Delilah Grace se llama su primogénita. Y ahora, ya le brinda victorias en solitario, sin necesidad de trenes que lo escolten hasta la meta.

Así, brillante, probablemente la más bella, fue la 21ª victoria de Mark Cavendish en el Tour. A 800 metros tenía más de una quincena de ciclistas por delante. Borrado del mapa entre la maraña del sprint de la que tiraba Greipel. «He seguido a Freire, me ha ayudado a progresar». Y se convirtió de repente en él. Solo y sin ningún gregario, porque sus compañeros son también los de Wiggins. Mientras él ganaba, Freire discutía en meta con Goss. El australiano le recriminaba haberle impedido progresar. Qué cosas, lo que antes hacía Cavendish, la polémica que tanto le gustaba y que nunca jamás ha sido amiga de Freire. Reencarnaciones.