Historia

Dolor con cine por José Luis Alvite

La Razón
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La población mundial se ha duplicado desde que yo era niño y el mundo era un lugar amplio e inacabado, con numerosos espacios vírgenes en los que aún se aventuraban los exploradores y los misioneros, territorios con vastas selvas tropicales y densos bosques de coníferas, desiertos infinitos, ríos largos y caudalosos en cuyas aguas cabía imaginar que incluso desovaban en su soledad los machos. Aun con sus inevitables penurias, la vida era entonces agradable y misteriosa. La vegetación se reproducía con más velocidad que el fuego que la calcinaba, la mar no pudría los peces y todo parecía entonces tan fértil, que a mí hasta se me pasaba por la cabeza la idea de que una mujer podría concebir hijos sin necesidad de tener sexo. Sólo habían pasado unos pocos años desde el final de la II Guerra Mundial, pero yo no tenía la percepción funeral de que Europa hubiese sido arrasada por una tragedia que podría haber sido evitada, tal vez porque el mundo era entonces un sitio pensado para la fatalidad. Docenas de millones de personas habían muerto en aquel conflicto brutal y generalizado, y sin embargo, los niños de entonces veíamos aquel episodio como algo lejano y a la vez exótico, una peripecia que alimentaba las leyendas de los soldados y animaba las taquillas del cine, una contienda larga y devastadora que a mi mente infantil le parecía casi una conquista del Arte, como si el ser humano necesitase de la destrucción para que algunos horribles edificios se convirtiesen en sobrecogedoras y memorables ruinas, igual que en los sembrados de Normandía habrían servido los terribles combates para que, al reverdecer el césped en Europa, por fin los cementerios se pareciesen a los campos de golf.