OPINIÓN: Suicidio 20

La Razón
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En mi intento de desengancharme de la red y de comenzar una dieta digital absolutamente necesaria, esta semana he desactivado mi cuenta de Facebook y he abandonado –ya no sé si para siempre– la comunidad digital en la que pasaba horas y horas de mi vida. Confieso que el abandono ha sido absolutamente traumático. Y es que, aparte del lógico mono que sufre todo enganchado a una serie de rutinas, la perversión de la última pantalla antes de desactivar la cuenta de Facebook, me ha dejado ciertamente trastornado. Después de haber dejado claras las razones que te llevan a la desconexión –y de que, por supuesto, Facebook trate de convencerte dándote opciones para que lo pienses mejor–, antes del último paso –del último click–, aparece una pantalla con las fotos de perfil de algunos de tus amigos y Facebook te dice que te echarán de menos. Amigos que están a la vuelta de la esquina y con los que podrás tomar copas cuando quieras, o amigos que ni siquiera conoces físicamente. Todos llorarán tu partida, parece decirte el programa. Falta la música de violines.
Abandonas entonces Facebook con la sensación de haber traicionado la confianza que había sido puesta en ti. Se trata de un suicidio digital. De hecho, existe una aplicación en Internet concebida precisamente para que el abandono sea más fácil y menos doloroso: «Web 2.0. Suicide Machine». Estamos, sin duda, ante una forma refinada de control y manipulación de las emociones. Facebook es el estado más avanzado de lo que Fernández Porta ha llamado capitalismo emocional. Una última fase del capitalismo que ataca lo más vulnerable y peligroso: el mundo de los afectos.