Literatura

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Sentimentalismo

La Razón
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Recuerdo a unas chicas –de los años cuarenta del pasado siglo– que me preguntaban si algunas películas en exhibición eran «de llorar». –«Nosotras no vamos a ver películas que no sean de llorar». Y más de una vez las vi salir del cine con los ojos y la nariz enrojecidos, todavía pañuelo en mano. –«¿Qué habéis visto, que parece que salís de un velatorio?». –«Una película preciosa, "Cosas borrascumbres"». Quería decir «Cumbres borrascosas», y su equivocación nos hizo reír.

No era ni una mala novela, ni una mala película, con una ambientación impresionante y cantidad de elementos sugestivos de la más alta calidad. Pero estoy seguro de que estas chicas hubieran llorado lo mismo con una película peor, incluso con una malísima película, como lloraban con las novelas de Corín Tellado y no con las de Proust, del que no tenían la menor idea. Como público, no arbolaban ni una pizca de criterio estético.

Pero aún me sorprende que, en estos tiempos, todavía existan personas que elijan un libro o un espectáculo teatral o cinematográfico como «paño de lágrimas»: –«Vamos a distraernos y divertirnos un poco, llorando».

Esto también tiene su contrario, y hay quienes van al teatro o al cine sólo para que les hagan reír. Unos y otros representan la parte más sobrante o desdeñable de un público. Y algo sucede ahora para que esa parte haya aumentado de manera considerable. Y no sólo esto: también la crítica me desconcierta, reclamando emociones primarias, sacudidas emocionales, risas y lágrimas. Como si el arte sólo sirviera para eso, para hacer reír y llorar.

Con «Las meninas», de Velázquez, ni se ríe ni se llora, lo que se impone es la emoción estética. Y en todas las grandes obras del arte se da esta misma virtud. Las emociones de la vida cotidiana nada tienen que ver con el arte. Felizmente, el arte supera la tragedia y la farsa de la existencia y emociona de un modo distinto. Para cualquier espíritu sensible, la Novena Sinfonía, de Beethoven, exalta y emociona, admira y sorprende, pero me parecería bien ridículo que un aficionado a la música me dijera: –«Voy a escuchar la Novena Sinfonía, a ver si lloro un poco». Ni un aficionado al teatro: –Voy a ver «Casa de muñecas» para echar una lágrima. Ni un aficionado al arte pictórico: –Voy a ver la Capilla Sixtina, para hartarme de llorar».

Ya se sabe, las emociones estéticas también irritan el lacrimal, pero no es el mismo tipo de lágrima. Como también se llora riendo, hay que saber distinguir, y la crítica de arte siempre lo debiera aclarar. Cuando esta crítica se sitúa al nivel más elemental del público es inoperante, no tiene entidad. Unas veces, porque esa opinión está politizada y le pide al arte una satisfacción tendenciosa; otras veces por nociones tópicas, que el público admite como artículo de fe.

Ningún crítico que se precie puede deducir que el «Guernica», de Picasso, produzca siquiera lágrimas de rebeldía. El «Guernica» no consigue volvernos republicanos. Lo que nos suspende y emociona es la sublimación estática de un drama, su cálculo formal, que es, en el fondo, su declaración de principios, que son estéticos por encima de todo y pese a todo.

Si una crítica me reprochara que no hago estremecerse al público, como el que promueve el atraco a un banco, le diría que no es quién para juzgarme con ese criterio tan simplista, y está muy equivocada si piensa que el arte dramático puede ser esto: que Orestes le arranque las tripas a Egisto, a la vista del público, y a este se le tengan que servir cordiales y tranquilizantes en el bar del teatro. O que a ningún empresario se le ocurra regalar pañuelos con el programa.

Sin poder llegar a tales extremos, el sentimentalismo vulgar solo quiere suscitarlo el arte comercial. Por lo general, en la vida civil y cotidiana, el sentimentalismo se asocia a la puerilidad y la simpleza de las emociones. El arte es vehículo de ideas y sentimientos muy diversos que planean muy por encima del sentimentalismo.