Las boyas de alerta del tsunami fallaron por falta de cuidados

De no ser por los fallos técnicos, aldeas enteras habrían sido evacuadas a tiempo. El tsunami que golpeó el lunes varias islas en el oeste de Indonesia, dejando al menos 343 muertos y 338 de-saparecidos, podría haber sido mucho menos letal si los sistemas de alarma instalados en la costa hubiesen funcionado correctamente.

Al menos 343 muertos y 338 desaparecidos por el tsunami en Indonesia
Al menos 343 muertos y 338 desaparecidos por el tsunami en Indonesia

El Gobierno indonesio confirmó ayer el fallo, explicando que el principal problema se produjo en las boyas colocadas en el mar, frente a las islas de Mentaway. Estos dispositivos flotantes son capaces de determinar cambios en las corrientes y enviar señales de alarma a un satélite, algo que en esta ocasión no ocurrió.
«No estamos diciendo que las boyas estén rotas, sino que fueron objeto de actos de vandalismo. Estamos hablando de equipos muy caros, cuyo valor puede alcanzar los 400.000 euros», dijeron a la prensa local fuentes de la agencia encargada de las instalaciones.
El tsunami tuvo su origen al oeste de las costas de Sumatra, donde se produjo un terremoto de magnitud 7,7, generando olas de hasta 3 metros de alto que engulleron aldeas enteras en el archipiélago de Mentaway. Con ayuda de la comunidad internacional, varios países del sureste asiático instalaron un sistema de detección después del mortíferotsunami de 2004, en el que regiones enteras quedaron devastadas y cerca de 250.000 personas fallecieron, en una de las mayores catástrofes naturales de los últimos años.
Con mayor o menor éxito, los dispositivos para detectar terremotos en el mar han venido funcionando desde entonces en varios países de la zona, pero siguen existiendo muchos problemas, especialmente en las áreas más remotas, donde resulta difícil hacer llegar la advertencia a tiempo por la precariedad de las comunicaciones.
Los sistemas de emergencia requieren, además, un cierto mantenimiento y un rígido protocolo de actuación que en algunas playas y aldeas de pescadores del sureste asiático ha empezado a relajarse, a medida que se van olvidando el tamaño de las olas que inundaron la costa hace seis años.