Cibeles: genio y figura

Nicolás Vaudelet y Elisa Palomino ponen en alza valores como la artesanía y la exquisitez 

La minuciosidad es el sello de Elisa Palomino
La minuciosidad es el sello de Elisa Palomino

Hay quien se queda para vestir santos y la vecina cotilla le mira con pena. Pero la cosa cambia si pones el manto a una imagen de la Semana Santa sevillana. Entonces es un honor sólo al alcance de unos elegidos. Y Nicolás Vaudelet –francés de cuna y andaluz de alma– lo tiene con la Virgen del Valle. Viendo la colección que presentó ayer, habría que nombrarle hermano mayor. Al menos, en Cibeles. En cada salida, una pieza que podría rozar la alta costura: el vestido largo de pitón «albina», la chaqueta que evoca el esgrima, el pantalón motero de los 50, la capa de corte tortuga en borrego, los cordones que fruncen las chaquetas de cuero, los cinturones con efecto corsé, el minivestido purpurina pero también el de patchwork, el casquete de la guardia civil francesa en fieltro de castor, los guantes cubistas, las botas belle époque… La enumeración podría eternizarse, como su ingenio. Por cierto, ingenio viene de genio. Vaudelet.


Once desfiles
Pero Cibeles, que ayer vivió una maratón de once desfiles –pase, pose y vuelve a pasar–, tiene otra figura que triunfa hasta en el agitado Oriente. Elisa Palomino. Si quieren referencias, pregunten a la directora del «Vogue Italia», se desvive por ella. Elisa confiesa que se deja caer de vez en cuando por los mercadillos de Nueva York. Y en una de esas, ¡zas! «Encontré un kimono con crisantemos y lirios que perteneció a una actriz japonesa, Sadda Jacco». Como es coleccionista de esta prenda y adicta a los bordados –entre nosotros, todo ese toque manila de Galliano era obra de sus manos, lo reconoce el gibraltareño–, ahí que va una colección donde la minuciosidad es el eje, tanto en el estampado de los plumíferos como en la maxi capa en terciopelo, el mantón perfectamente deshilachado y en el vestido con cerezas colgantes que se mueven al paso. Y si Palomino se desvivió con lo nipón, a Teresa Helbig le bastan para echar el resto las cenefas de los zapatos clásicos de caballero. A saber: con 3.840 tiras de troquelado en charol –a las 3.332 uno dejó de contar– elaboró un vestido en blanco nuclear que sólo se puede hacer, si, como ella, trabajas a la carta con clientas a las que conoces con nombres y medidas. Si quisiera ampliar negocio –no lo busca–, no tiene más que utilizar como carta de presentación el desfile de ayer, donde ese charol se engarza como si nada, sea en el tul o en el cashmere.

Pero Teresa no quiere socios capitalistas. Lo contrario a Ion Fiz, el hombre patrocinio: las pieles, con Santiago del Palacio; los zapatos y botines, de la mano de Fosco; las gafas, en Natural Ópticos; los cuidados estampados, en colaboración con la facultad de Bellas Artes de Lejona… Hasta las sillas que sacó a la pasarela tienen mentor. Lo mejor es que, a pesar de servir a tantos dioses, no pierde su esencia. «Como una receta, si los ingredientes son de calidad y los combinas en su justa medida, funciona», defiende Ion, que cocinó unos «looks» impolutos de mujer sofisticada y en caballero, con pantalones ajustados. Pero si hubo hombres que despertaron griterío fueron los de Carlos Díez. ¿El truco? Les puso minifaldas, shorts y pantalones de cuero con aire sado, tachuelas y mucho piercing. Un canalla con gracia que recibió aplausos una jornada donde la fila de vips se quedó algo coja. La salvaron Verónica Forqué, Marta Robles, Trapote y hermana, Mariló Montero, Fiona Ferrer y una Massiel que merecía primera fila, –su Eurovisión no es de segunda–.

Sara Coleman, que daba el salto de los talentos a la pasarela de los fijos, reeditó el mismo vestido en todas sus salidas tomando como base el troquelado y realizando leves modificaciones en el patronaje. Aprobado justo. Algo más de nota merecen el peletero Jesús Lorenzo y Martín Lamothe, que hizo bien en apostar por los trenzados. Mención especial para Miguel Marinero, con esas rayas en los abrigos que confeccionó al unir tiras de visón, cordero y dos tipos de astracán, así como con los trajes de breitschwanz. A septiembre directa María Escoté, que dijo que su colección «estaba inspirada en Honolulu», y aquello más bien parecía las vacaciones de Morticia Adams en gore plastificado.

Rosas en lana
Sobre el negro de Escoté, el blanco de Juana Martín, que comenzó su paseo con una oda al acolchado, pero le sacó partido a las piezas en lana que jugaban a formar rosas. Sin embargo, no estaría de más que repasara con lupa a las modelos antes de soltarlas, porque se le escapó una camisa en gasa que dejaba al descubierto el tanga minúsculo que llevan las chicas puesto de casa. A última hora de la tarde, al jurado L'Oréal que otorga el premio a la mejor colección se le ocurrió alabar a Angel Schlesser. Se ve que de tanta deliberación no tuvieron tiempo para ver la colección de Vaudelet. Tampoco la de Palomino. Uno genio. La otra, figura.