Deconstrucción de Europa

La Razón
La RazónLa Razón

Entre atónitos, indiferentes, comprometidos e indignados, estamos asistiendo a una auténtica deconstrucción de la imagen de Europa y tal vez una no declarada nostalgia de los nacionalismos del pasado. Se hacen eco las autoridades de la Unión del malestar social en nuestras ciudades y lo comparan con la contrariedad que dicen manifestar los países centro y noreuropeos, pese a ciertos anuncios de grandes empresas que defienden la eurozona y los rescates, sobre lo que les cuesta la salvación de los malignos helenos, que se dieron a la holganza y al dispendio general y hoy reciben de rodillas los azotes más severos. La madre del cordero es la creciente fortaleza alemana, que, junto a la Francia de la fraternidad, encabeza el reparto. Hay que añadir un desacreditado FMI que nos exige aún mayores sacrificios. Ni Italia ni España están, en estos momentos, para liderar, sino para intentar salvarse de los mercados. Piensan los ingleses que la crisis del euro no merece ni un penique y los suizos, que acertaron manteniendo su casi secreta política doméstica y cantonal.

Esta Europa que fue calificada «de mercaderes» afronta ahora no sólo una crisis de crecimiento (el sí o no a Turquía, por ejemplo), sino de identidad. Algunos nacionalistas domésticos, como los catalanes, se pasman de que entre las reivindicaciones que han ido presentando los «indignados» de la barcelonesa Plaza de Cataluña no figurara la soberanía, apenas si se utilizaba la lengua autóctona y se mostraran casi indiferentes al nacionalismo. De otro modo, Felip Puig habría actuado de otro modo. Pero los concentrados y manifestantes pretenden permanecer al margen de cualquier política al uso e intuyeron, con acierto, que el problema no es únicamente el buen o mal gobierno de Rodríguez Zapatero o los propósitos de enmienda de CiU o el PP, sino que Europa y el euro deben salvarse unidos. Pero, de momento, se observa la tendencia inversa: la deconstructiva. Pocos han calculado, aunque no lo manifiestan, el coste que supondría que algunos países retornaran a las monedas nacionales y al sálvese quien pueda, cuando grandes compañías y bancos se han internacionalizado, han saltado de un país a otro, de uno a otro continente: globalización financiera. Sabemos todos, porque es notorio, que los bancos que acumulan mayor deuda griega son alemanes y franceses; mucho menos los españoles que tendieron a Latinoamérica y más tarde a la Europa de los negocios (Gran Bretaña o Francia), aunque en los momentos de incertidumbre nadie resulte ajeno al maremoto. Retornar a la Europa de las desunidas naciones supondría tal catástrofe que ni figura en el horizonte de nuestros políticos, aunque se ejemplarice con la penitencia griega. El malestar ha resultado inevitable, porque, se dijo, con razón, que sostener la paz social suponía gasto. Pero los países que recortan y se inscriben en el ahorro no crecen y acaban sin poder pagar a sus deudores. Saben también las pequeñas y medianas empresas que su obligación no es la de resistir, sino la de crecer y expandirse.

Frente al desarrollo estamos enalteciendo la tacañería. A las entidades bancarias, acostumbradas a las ganancias sin freno, aunque ganen algo menos en tiempos de penuria, les conviene más prestar a los estados que arriesgar ante cualquier iniciativa privada. La economía de consumo se empequeñece, mientras que los países que andan sobrados les están cobrando a los periféricos pecados que ni su población, ni su clase media nunca cometieron. La Unión Europea carece de líderes solventes, de una imprescindible política económica común, de una visión de futuro, de una voz, como reclama ya EE UU. Pero ahora observamos la nave a la deriva. Aunque los orígenes de la Europa moderna procedan del carbón y del acero (materiales ya en desuso), el futuro nunca se imaginó como dependiente de una Alemania prepotente, entonces desunida. Los países del sur o del este debían incorporarse al bienestar del que ya disfrutaba el resto. Existían múltiples razones que ejemplificó Jorge Semprún en su compleja y simbólica existencia. Las crisis, tras superarlas, pueden evidenciar lo que permanecía oculto. Pero se requiere una adecuada tecnología médica, excelentes profesionales y hasta buena disposición en los enfermos. Vamos hacia una aparente deconstrucción si no se acotan los problemas y se resuelven creciendo en mayor libertad y en democracia real.