Perotti y Zorzoli qué bueno que vinieron

Al éxito de la trilogía de Claudio Tolcachir, el Festival de Otoño suma dos propuestas del mejor teatro argentino contemporáneo: «Algo de ruido hace» y «Estado de ira» 

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A Lautaro Perotti es fácil ponerle rostro. El espectador madrileño lo conocerá, principalmente, como Marito, el hijo inestable de «La omisión de la familia Coleman», el gran éxito de Claudio Tolcachir. Actor y fundador junto a éste de la compañía Timbre 4, Perotti se presenta por primera vez en Madrid como director, otra de sus facetas, con «Algo de ruido hace» (Teatro Pradillo, del 31 de mayo al 3 de junio). Es una de las propuestas con acento argentino que esta semana ha programado el Festival de Otoño en Primavera junto con el cierre de la Trilogía de Tolcachir, «El viento en un violín» (Matadero, hasta el día 5) y la indagación teórico-actoral de «Estado de ira», un montaje escrito y dirigido por Ciro Zorzoli que viene de ser aplaudido en un importante centro público de la capital argentina.

Dos hermanos y una prima
En «Algo de ruido hace», Perotti cuenta con equipo técnico y reparto español y argentino. Así, Eloy Azorín y Santi Marín comparten el escenario con la argentina Fernanda Orazi. «La historia trata de dos hermanos que, después de la muerte de su madre, nunca pudieron evolucionar, aceptar lo que pasó y hacer un duelo, como la gente normal, para seguir después su vida –cuenta Perotti–. Quedaron de alguna manera detenidos en el tiempo, tratando de evitarse el sufrimiento y el dolor». Hasta que aparece una prima a la que hace tiempo que no ven: «Está en un momento de crisis existencial. Llega desesperada tratando de buscarse. La convivencia con ella empieza a provocar trastornos en estos hermanos», cuenta el director. Perotti fue fundador hace ya diez años, junto a Tolcachir, de la compañía Timbre 4. «Nació como un espacio que nos permitiese probar cosas nuevas, asumir riesgos en el teatro.

Necesitábamos tener la libertad de hacer lo que queríamos, de la manera y con la gente con la que queríamos trabajar». Y recuerda cómo surgió la sala: «En principio fue un lugar donde investigar y dar clases. Después, hace unos ocho años, teníamos una obra montada que dirigía Claudio, pero no un espacio físico donde estrenarla. En un momento dado, Norma Aleandro le dijo a Claudio: "Tenéis la obra y tenéis un lugar: hacedla en tu casa". Así empezó a funcionar Timbre 4 como teatro. En ese momento era una salita chiquita, para 50 personas. Hoy tenemos ese espacio y otro más de 300 localidades, la escuela creció un montón, las obras funcionan... Pero sigue siendo lo mismo: un grupo de amigos que se conocen hace muchos años y que se siguen juntando todos los días para trabajar, que es lo que más nos gusta».

Sin artificios
Perotti debuta como director en España, así que su estilo es desconocido por estas latitudes. Hay, eso sí, cierto nexo con el trabajo visto a Tolcachir: «Nos conocemos hace quince años. Obviamente hay un sello Timbre 4 en esta obra. Las apuestas, las búsquedas, los criterios, son los mismos, aunque aparece también lo personal, lo que hace que uno sea quien es y no uno más del grupo. Pero hay una búsqueda, como en las obras de Claudio, de lo no teatral: despojar al escenario de todo lo que sea mentira, artificial, de la estética, de anteponer la técnica a la actuación. En esta obra, los actores son también lo principal: la historia está por delante de lo demás. Queremos contar un cuento y en eso nos sumamos todos:actores, director, asistente...». Y eso que trabaja esta vez con un equipo diferente y prácticamente español: «Fue una experiencia muy hermosa. No noté diferencias, me encontré con un grupo con mucha necesidad de investigar, de asumir riesgos y meterse en aguas no muy conocidas».

La otra propuesta que llega de Buenos Aires es «Estado de ira» (Teatro de La Abadía, hoy, mañana y el domingo). Ciro Zorzoli estrenó este montaje en 2010 en Buenos Aires, y viene precedido de las mejores críticas. No es casual que el director sea además profesor de técnica actoral en la Escuela de Arte Dramático de Buenos Aires, porque de eso trata «Estado de ira»: en una academia se prepara a actores para sustituir a los protagonistas de las obras que se representan en la ciudad en caso de necesidad. Ensayan «Hedda Gabler» y tratan de hacerlo de acuerdo a las «normativas establecidas». «Todo surgió como un proyecto de experimentación teatral en el cual me embarqué hace dos años con un grupo de actores, motivado por una pregunta que me estaba haciendo yo en ese momento sobre el sentido de hacer teatro», recuerda Zorzoli.

La pregunta sigue en el aire: ¿tiene sentido? «Es un arte muy complejo, porque requiere del encuentro entre muchas personas para llevarse a cabo, y eso no es una tarea sencilla», aclara el director. «Esa es una de las cosas que me hicieron reflexionar: el teatro, una de las dificultades que presenta , es el encuentro con el otro, en el escenario, y con ese otro que es el público en vivo». Y, añade, eso genera otra duda: «¿Cuál es el sentido de la representación en sí en los tiempos que corren, en los que uno tiene acceso a las cosas en vivo a través de internet?». De esas preguntas surgió la oportunidad de trabajar en el Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires, un centro de creación público dependiente del gobierno local y allí nació «Estado de ira».

Reconoce Zorzoli que «tomé siempre el trabajo del actor como el eje organizador de los demás elementos. No partí de textos previos, sino del trabajo de la compañía». Y añade: «El teatro dentro del teatro no es ninguna novedad, pero lo diferente aquí es la situación: hay actores que entrenan a una actriz que tiene que hacer el reemplazo de otra, y ahí sucede algo interesante: accedemos a una zona intermedia en la que ya no ves al personaje, sino al actor en el proceso de generar esa trama. Es como cuando ves los extras de un DVD. Me permitía poner en primer plano el entramado y las tensiones que se generan entre los actores por debajo de la obra». Esas cuestiones son las «normativas vigentes» que menciona la obra y que reflejan, según Zorzoli, «ciertos saberes que circulan en el mundo del teatro. Escucho muchas veces a gente que dice: esto no es un Lorca o esto no es un Shakespeare. Se tiende a establecer categorías que no deberían ser determinantes. Los actores tienen a veces una serie de condicionamientos que terminan matando a la propia creación».

Y añade el director sobre los nexos de su teatro con el de Tolcachir o Perotti: «En lo que he podido ver de Claudio, está en primer plano el trabajo actoral, hay una trama, y eso también lo veo en algunos trabajos de Daniel Veronese. La labor del actor está revalorizándose. Hubo una etapa en la que las nuevas dramaturgias tuvieron mucho peso en Buenos Aires. Y ahora el actor empieza a ponerse en primer plano. Ahí puede haber un emparentamiento de nuestro teatro, más allá de que después, en lo que se ve, las elecciones estéticas sean diferentes». Y sobre esto, su colega Perotti tiene claro que «el teatro argentino independiente que llega acá tiene mucha vida: en Buenos Aires hay una cartelera de 200 o 300 espectáculos diarios. Lo lindo es que no sólo están las salas y los actores, sino un público con avidez por consumir. Hay mucho teatro, del bueno, del malo, del comercial, del oficial... Claudio y Zorzoli son dos grandes exponentes de lo que está pasando en la escena porteña en este momento».

Y corazza
Juan Carlos Corazza firma el primer montaje teatral de la Fundación Federico García Lorca, «Comedia y Sueño», en la que adapta «Comedia sin título», una pieza inacabada del autor granadino en la que una compañía ensaya «Sueño de una noche de verano», de Shakespeare, cuando es interrumpida por la revolución. Por este motivo, el director argentino ha pedido prestados algunos pasajes de la obra del británico, «sin intención de completar la obra», argumenta. «Son dos autores que presentan los conflictos del hombre y de la sociedad, siempre actuales por desgracia, pero la presencia de la compasión», confiesa Corazza. La producción, que se estrenó en Granada y se vio en Moscú, reúne a una heterogénea compañía con nombres como Alicia Borrachero, Manuel Morón, Rafa Castejón, Isabel García Lorca, Tamar Novas y Alba Flores, entre otros.

«El viento en un violín». Madre sí hay más que una
Texto y dirección: Claudio Tolcachir. Escenografia: Gonzalo Córdoba Estévez. Iluminación: Omar Possemato. Reparto: Inda Lavalle, Tamara Kiper, Miriam Odorico, Araceli Dvoskin, Lautaro Perotti, Gonzalo Ruiz. Festival de Otoño en Primavera. Naves del Español-Matadero Madrid.

Por más que «El viento en un violín», una hermosa, divertida y patética reflexión sobre la maternidad, pueda ser la más política –entendiendo lo político en su acepción amplia, la que abarca lo sociocultural– de las tres entregas de la trilogía de Claudio Tolcachir, sería un error entender este nuevo y feliz estreno como una obra política. Al cabo, aunque el director argentino toma posición por primera vez al decantarse emocionalmente por la pareja de lesbianas pobres que harán lo indecible por tener un hijo frente a la señora adinerada y madre castradora, también sitúa a sus criaturas al borde del abismo y las enfrenta al ridículo: Lena y Celeste, tan inmaduras, llegarán a violar a un joven –que encima no será el idóneo– para lograr su propósito. Como la sobresaliente «La omisión de la familia Coleman» y la no menos excepcional «Tercer cuerpo» (aunque su repercusión fuera menor), «El viento en un violín» es, ante todo, un retrato humano que viene a recordarnos que vivimos en un pequeño y desordenado universo en el que las cosas no siempre salen como queremos.

Lo hace, de nuevo, analizando ese microcosmos que es la familia, con sus egoísmos, intereses y secretos, el mismo paisaje de la primera parte del ciclo y, a su manera –¿qué, sino otra familia, mal avenida, es el entorno laboral?–, de la segunda. Una de las claves del teatro de Tolcachir es su huida de toda grandilocuencia: habla del hombre sin intención aleccionadora desde pequeñas historias de seres cotidianos. Su teatro se basa en el actor y su dirección es coherente con lo anterior, acoplándose a una compañía que es a su vez casi una familia. De hecho, volvemos a ver al reparto de «Coleman», y se dan incluso similitudes en sus papeles: el Marito esquizofrénico de aquélla vuelve a encontrarse con Lautaro Perotti en el Darío inestable y malcriado –un personaje que merece un tratado aparte sobre la educación que damos a nuestros hijos– de «El viento en un violín», de la misma manera que Tamara Kiper salta de la esforzada Gabi a la cándida Celeste, la cuasi niña empeñada en portar en su vientre a un hijo.

Todos, como la madre egoísta y manipuladora, una estupenda Miriam Odorico, la sirvienta encarnada por Araceli Dvoskin –su abuela en «Coleman» era otro hallazgo–, el psicólogo que no da crédito a lo que se le viene encima de Gonzalo Ruiz o la decidida y algo macarra Lena de Inda Lavalle, cuajan una manera de entender la actuación que no tiene que ver con métodos sino con complicidades y que se ajusta a medida a la escritura de Tolcachir, capaz de empapar de humor negro las situaciones más demenciales.