«Heredero» el tren de la tarde

Tampoco se salvaba Victorino. El número uno de la versión torista. Mal pintaba la cosa. «Heredero» vino a quitarnos la razón a última hora, casi a destiempo, como suelen ocurrir las cosas importantes. Si hubo toros como el segundo de El Cid, que cambiaron para mal, el sexto lo hizo a buenas para sorpresa de escépticos.

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Salvador Cortés brindó el toro a su hermano Luis Mariscal por la terrible cornada que el torero de plata sufrió en esta misma plaza la temporada pasada y de la que todavía se está recuperando. Y el Victorino, misterios que sólo se despejan en las entrañas del toreo, pareció querer corresponder con el drama, con el gesto, con nuestra desesperanza, aburrimiento... En realidad, había tantas cosas con las que corresponder...

Se empleó por abajo, humillado, la mirada limpia, el trayecto largo y fue ganando poco a poco en calidad el toro. Tanto que daba la sensación de que cada vez acudía al engaño más despacio, para que el torero lo disfrutara más, se entregara a una embestida que poco tenía que ver con otras batallas del ganadero de Galapagar. Al sevillano se le despejaron las dudas al instante y se puso a torear. Si se entonó por el derecho, los pasajes más profundos llegaron en los naturales.

Algunos tan despacio, que de pronto uno recapacitaba lo que estaba viendo. ¡Qué el toro embestía! Muchos dábamos la tarde por perdida. Vencida la faena, se perfiló en la suerte suprema, la definitoria. Pinchó, ¡cómo puede ser! Entró después la espada y todo quedó en una vuelta al ruedo. Fue toro grande. Sorpresa grande. Naturales bonitos. En verdad, el único toro que tuvo nota. El anterior de Cortés se dejó, sin clase, con poca casta, pero de haberle atacado más, el conjunto hubiera resultado, igual, quién sabe, más importante.

Estocada perfecta
Juan José Padilla dejó tres medias verónicas para quitarse el sombrero, después de recibir por lances al cuarto con decisión. El remate tuvo arte, a secas. El toro no valió ni para salir corriendo, pero la estocada puede ser la de la feria. Perfecta. Qué bellezón. De las que se explican por sí misma como suerte propia. Se justificó también con el orientado primero.

El segundo de Manuel Jesús «El Cid» pareció que iba a entregarse, por lo humillado que acudía en los primeros tercios. Daba gusto ver cómo descolgaba el cuello. Luego lo sacó a pasear demasiado rápido y se multiplicaron los problemas. La faena se valoró por arriba. Más firme estuvo con el quinto, parado hasta la saciedad. Menos mal que «Heredero» saltó al ruedo, nos espabiló y nos cautivó. Cuando un toro embiste así, sí hay Fiesta. Hasta ese momento, la corrida había sido un fiasco.

Sevilla. Cuarta de la Feria de Abril. Se lidiaron toros de Victorino Martín, serios de presentación, el 6º, bueno; el 2º pareció mejor de lo que fue; 3º, descastadito, pero se deja hacer; 1º, 4º y 5º, descastados. Casi lleno. Juan José Padilla, de verde y oro, estocada fulminante (palmas); buena y fulminante estocada (saludos). El Cid, de catafalco y oro, pinchazo, estocada de rápido efecto (saludos); estocada fulminante (silencio). Salvador Cortés, de nazareno y oro, casi entera muy baja (silencio); pinchazo, estocada (vuelta tras petición).