La muerte de Carlos Fuentes

El escritor falleció a los 83 años en México. Es uno de los grandes renovadores de la novela y sus libros son un pilar fundamental de la narrativa iberoamericana

No ganó el Premio Nobel, como sí lo hicieron los otros dos pesos pesados del «boom» latinoamericano Gabriel García Márquez –paradojas de la vida, el lunes un bulo en Twitter daba por muerto al colombiano– y Mario Vargas Llosa, pero una cosa es segura: su literatura, con el paso de los años, será recordada por haber sido una de las pocas, en América Latina, que haya abordado el lenguaje como un tema fundamental de la novela y haya indagado en sus usos, tanto coloquiales como prosaicos, librescos y fronterizos. Su muerte, en Ciudad de México a los 83 años víctima de una hemorragia masiva tras sentirse indispuesto, conmocionó ayer el mundo de las letras, que no se esperaba esta noticia. Enseguida, las redes sociales y loS escritores expresaron su admiración y respeto hacia un escritor fundamental en la narrativa iberoamericana.

Literatura de frontera
Desde «Terra Nostra», que atraviesa la España de los Reyes Católicos y viaja por la tierra recién descubierta al otro lado del oceáno Atlántico, los libros de Carlos Fuentes siempre han pretendido ser, entre otras cosas, un intento por hacer dialogar a las culturas precolombinas con el lenguaje del colonizador. Incluso en sus textos más recientes y actuales, como «La frontera de cristal», un conjunto de historias cuyo marco es el límite que separa México de Estados Unidos y en las cuales el habla coloquial se sostiene sobre el relato que expresa la dura vida de la frontera, la obra del escritor mexicano también ha buscado ser un ejercicio constante de diálogo entre culturas. Una forma de indagar en el lenguaje compartido por los hablantes como si se tratara de un territorio en constante exploración.
 
Fuentes ha trabajado esa tensión desde sus inicios en la literatura, quizás con una herencia de su formación en distintos países de América Latina que todavía despedía aromas a recientes pasados coloniales: Fuentes nació en el año 1928 en la ciudad de Panamá, en uno de los tantos lugares a los que había sido enviado su padre, un diplomático que en su extensa trayectoria llevó a vivir consigo a su familia a todos los sitios a los que era destinado. Vivieron también, por un corto periodo, en Washington, en EE UU.

Carlos Fuentes, así, fue educado en los colegios más prestigiosos de Santiago de Chile, de Buenos Aires, de Quito, de Montevideo y de Río de Janeiro, aunque eso sí: los tres meses que duraban las vacaciones los pasaba afincado en su país, en México. Para sus padres, ha recordado en varias entrevistas, era importante que él aprendiera la historia de su país y que no perdiera, jamás, el acento ni las costumbres.

En 1950 se marchó a Ginebra, a formarse en Estudios Internacionales, y dos años después volvió a México, donde se inscribió en la facultad de Derecho de la UNAM. Con sólo veintiséis años (por aquella época trabajaba en la oficina de prensa de la Secretaría de Relaciones Exteriores) publicó su primer libro, «Los días enmascarados». Era un libro de juventud, constituido por seis relatos escritos en un tono bastante realista en los que, sin embargo, Fuentes mostraba su osadía al mezclar el vasto pasado precolombino con la Guerra Fría o hacer que la ciencia ficción se insertara en temáticas urbanas. Todo dentro de unas atmósferas inéditas y que, en el desolado paisaje del México de entonces, acaban desvelando una realidad cambiante, siempre absurda y en perpetuo movimiento.

«La región más transparente», en ese sentido, sorprendió a los lectores de 1958 por el dinamismo y el vigor con que la escritura de Fuentes se impregnaba del México de finales de los años cincuenta. Fuentes era una fanático del cine, y la variedad de recursos que el escritor presentaba para hacer hablar a una sociedad, para expresar los deseos de sus habitantes, sus pensamientos y sus vicios, fueron unas de las mayores señales. Esas marcas serían las señales distinguidas de quien con el tiempo sería uno de los grandes novelistas en lengua española.

«La muerte de Artemio Cruz», en 1962 (un severo retrato de la condición humana a través del fluir de la conciencia moribunda de un viejo militar de la Revolución de 1910) no hizo más que confirmarlo como tal en el mapa literario. La novela es una de las grandes obras escritas en Latinoamérica a través de todos los tiempos y, quizás, como dijo el propio Mario Vargas Llosa, «las novelas de Carlos Fuentes son un manual de mitología moderna.»
 
«Zona sagrada», publicada en 1967, o «Cambio de piel», también editada ese año, son un ejemplo de lo expresado por el narrador peruano: ambas novelas abordan las complejas relaciones personales y los conflictos entre madres e hijos como si examinaran las formaciones familiares, el funcionamiento de una sociedad: el universo simbólico sobre el que se asienta el ser humano.

Su interés por el lenguaje, por la historia del continente americano, lo llevó a escribir en 1975 su proyecto más ambicioso: «Terra Nostra». Ganadora del Premio Rómulo Gallegos en 1977, para muchos lectores y críticos se trata de uno de los pilares de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. La novela es monumental, y en ella el escritor reinventa la historia de un continente entero, una maquinaria de producir mitos que van desde leyendas ancestrales sobre el origen del universo hasta la época de la España de los Austrias.

El 1987 le concedieron el Premio Cervantes y a partir de los años noventa su literatura dejó de ser una narrativa experimentalista para expresarse, ahora, en formas más clásicas, como «El naranjo o los círculos del tiempo», de 1993; «Diana o la cazadora solitaria», publicada al año siguiente, donde contaba su tormentosa relación con la actriz Jean Seberg, y «La frontera de cristal», de 1995, un conjunto de historias cuyo marco es el límite que separa México de Estados Unidos. En 1994, también, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Brillante ensayista, colaborador de los periódicos más prestigiosos del mundo, la mirada de Fuentes sobre la actualidad siempre ha sido una opinión novedosa, original, atenta al presente de su país y a las inquietudes de toda la humanidad. El alcance de su obra es una contribución al futuro.

El nuevo siglo, así, fue el tiempo propicio para que sus preocupaciones por el porvenir se hayan extendido, también, en su obra, capaz de seguir incorporando neologismos a un lenguaje siempre vivo y coloquial. Sus últimos libros, en ese sentido, lo expresan: «Todas las familias felices», «La voluntad y la fortuna», «Adán en Edén» y «Vlad».


Un hombre comprometido y sin miedo
«Debe haber algo más allá de la masacre y la barbarie, para sustentar la existencia del género humano y todos debemos participar en su busca». Ésta fue la última actualización que el escritor hizo en Twitter, el pasado 20 de marzo, una red social en la que contaba con 11.959 seguidores. Carlos Fuentes nunca mostró miedo al cuestionar a su país, y siempre fue un intelectual comprometido con la realidad de México, que sufre el azote de la violencia del narcotráfico, sin temor a represalias.


Querido, admirado y universal
La noticia corrió como la pólvora por las redes sociales. El Twitter del presidente de México, Felipe Calderón, fue escueto pero lleno de admiración: «Lamento profundamente el fallecimiento de nuestro querido y admirado Carlos Fuentes, escritor y mexicano universal. Descanse en paz». Desde la Real Academia Española, su director, José Manuel Blecua, expresó también su condolencia. Para el colombiano Álvaro Mutis es «una catástrofe muy grande. Era magnífico para colocar a cada quien en su lugar». Jorge Volpi le calificó como «el mayor novelista de México». «Silencio, por favor: mi gran amigo mexicano Carlos Fuentes se fue», dijo Chavela Vargas. El Premio Nobel Mario Vargas Llosa dijo que «sintió mucha pena» al enterarse de la noticia, mientras que el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, calificó a Fuentes de «hombre universal».