Marilyn y la memoria de un perro

La Razón
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Siendo menor de edad, la californiana Norma Jean Baker Mortenson fue violada por su padrastro mientras su madre yacía entre los vapores de la demencia, única herencia que recibiría la chica. Ya teñida de rubio platino rabioso, su último marido, el dramaturgo Arthur Miller, le daba broncas apocalípticas por su costumbre de sentarse desnuda en la cama para teñirse el negro vello púbico con un cepillo de dientes, originándole frecuentes infecciones vaginales. Miller tampoco pudo convencerla de que no expeliera inocentemente sus ventosidades en público. La languidez de su mirada obedecía a una severa miopía, y lijaba unos milímetros de su tacón derecho para aumentar el bamboleo de sus caderas. Pero el sufrimiento aportaba misterio al símbolo sexual. El instinto maternal fue premiado con un rosario de abortos; no tenía un gran cociente intelectual pero sufría por saberlo; buscó seguridad con hombres célebres como el héroe del béisbol Joe Di Maggio o Miller, y encontró matrimonios tormentosos; se entregó a los hermanos Strassberg, míticos en la formación de actores, pero fue su cuerpo el que se impuso a sus interpretaciones. Eso de que Angelina Jolie interprete a Monroe en sus demoledores últimos años según el libreto de un escocés desconocido y con la memoria de un perro de la actriz como hilo conductor, es la enésima patada a la tumba de Marylin ahora que Di Maggio ya no vive para depositar en ella una rosa diaria. Norma Jean, que nació en la pobreza y murió en ella con un teléfono en la mano buscando un hombro amigo, nunca tuvo buena suerte. Exudaba estrógenos y progesterona pero nunca pudo controlar sus desórdenes mentales que la martirizaban. Miller en «Después de la caída» intentó explicarlo, y ya es bastante. Que Angelina continúe adoptando niños.