Días de vino y rosas

Londres puede presumir de muchas cosas. De ser una de las ciudades más bonitas del mundo. De haber sido y ser sede olímpica. Incluso de albergar la llamada «Catedral» del fútbol, el estadio de Wembley. Pero hasta ahora ninguna de las 57 Copas de Europa disputadas habían ido a parar a las vitrinas de uno de los muchos clubes que tienen su sede en la capital británica. El Chelsea saldó el sábado esa deuda y Londres también puede presumir de ser una ciudad campeona de Europa. Ya era hora.

La ciudad se tiñó ayer de azul para recibir a sus héroes. «Gunners», «spurs», «hammers»... Todos se quedaron en casa. El día estaba reservado para los «blues», que en decenas de miles salieron a las calles de Fulham para agasajar a la expedición del primer Chelsea campeón de Europa de la historia. El triunfo en el Allianz Arena culmina el faraónico proyecto que inició Roman Abramovich en junio de 2003, cuando compró el Chelsea por 140 millones de libras. Nueve años y más de 900 millones de euros después, el multimillonario ruso hacía realidad su obsesión.

Son seguramente los momentos más felices en los 107 años de historia «blue», pero el triunfo llega en una etapa muy importante para el conjunto inglés, cuya plantilla reclama un reciclaje a gritos a pesar del éxito. De momento, lo primero es decidir el nombre del entrenador. A pesar de su estrepitoso triunfo, dos títulos en apenas tres meses en el cargo, Roberto Di Matteo no tiene asegurada su continuidad. No cuenta con el beneplácito de Abramovich, que prefiere un técnico con un currículo más amplio. Más mediático, en otras palabras. Otro de los nombres que están sobre la mesa de Ron Gourlay es el de Drogba. El héroe de esta «Champions» acaba contrato y todo apunta a que abandonará el club. Basta ver cómo celebró con la afición el triunfo en el Allianz. No existe un adiós más feliz.