Azar y necesidad

 
 

Todos conocemos en nuestra vida social a alguien que juega a la lotería. Algunos creen incluso que hay personas con suerte. Numerosos individuos no creen en la providencia pero creen en amuletos, símbolos y talismanes que ayudan en el amor, la salud, la fortuna y el conocimiento, por ejemplo, el talismán de Venus, la flor de Araws, la Herradura de la Suerte y la Salud, el Pentáculo Cabalístico, el anillo de Claddagt, etc.

La naturaleza no procede principalmente por azar; por ejemplo, en las plantas las hojas están dispuestas de tal forma que protegen al fruto; y así mismo ocurre en la configuración de las partes en la vida animal, que son aptas para su defensa. Si estos hechos sucedieran sin intervención del agente natural, habría que interpretar que dichas «competencias» procederían de la casualidad o el azar. Esto es improbable, porque lo que ocurre en la naturaleza siempre o de ordinario no es casual ni fortuito; lo que ocurre rara vez sí lo es. Lo casual es lo excepcional.

Este comportamiento se explica porque la propiedad fundamental que caracteriza a los seres vivos es la de estar dotados de un «proyecto vital», que a la vez ejecutan o desarrollan en sus respectivos nichos y estructuras ecológicas. El azar, cuando ocurre, es consecuencia de algún fallo, lo cual es legítimo dada la contingencia natural de los seres vivos en cualquiera de sus formas. Si el azar se incorpora a veces al «proceso vital» es porque éste es compatible con el «proyecto vital» necesario. La suma de los «fallos» explicaría, con el paso del tiempo, que se pueda hablar retóricamente de algo nuevo. El azar se incorpora, insistimos, si lo permite la naturaleza, la estructura y la finalidad que rige el «proyecto de vida», es decir, su estatuto epistemológico genético propio. La vida misma y la existencia de la especie humana en un proceso vital solamente dinamizado por el azar, se podría decir lógicamente, no deberían de existir.

Desde la Grecia clásica –siempre resulta sorprendente– ya se reflexionaba acerca del concepto y sentido de la evolución, acerca de la dialéctica entre causalidad vs. azar. Aristóteles, en el segundo libro de su «Física», al hablar de la causalidad critica el azar. Critica a quienes piensan que la naturaleza no actúa por un fin, sino que las cosas surgen por un hibrido de necesidad y azar. Aristóteles se pregunta si la casualidad o el azar pueden ser considerados ambos como causas, y a quienes lo afirman, es decir, aquellos que consideran que el universo es producto de la casualidad o el azar, el genial griego les responde con la distinción entre las causas propias (material, formal, eficiente y final) y las causas accidentales, señalando que éstas últimas se dan cuando coinciden causas propias que no tendrían por qué haberlo hecho. El azar es una causa accidental, no propia. O sea, dicho de otra forma, la coincidencia de causas independientes, no basta para explicar la existencia de las cosas. Las verdaderas explicaciones de la existencia, lo verdaderamente plausible a la inteligencia humana, lo que sacia la sed intelectual humana, son las causas propias. Un arquitecto puede ser a la vez deportista, y por tanto se podría decir que un deportista ha construido una casa, pero este hecho evidentemente es algo accidental: la causa propia de la existencia de la casa es la «competencia» del arquitecto, que coincide con que es deportista.

El estatuto epistemológico animal, desde su forma general hasta en los más mínimos detalles, depende de fuerzas interiores; interacciones «morfogenéticas» que son internas del mismo. Las fuerzas externas pueden modificar el desarrollo del ser vivo, pero no lo causan ni lo dirigen. Por ello se dice que un animal está vivo si se mueve por sí mismo, y que está muerto si ya no se mueve por su propio impulso. Las cosas suceden, en suma, por necesidad, conforme a ley.

Lo necesario es consecuencia de una carencia o exigencia de los seres vivos y las cosas. Y todos los seres vivos son contingentes, tienen necesidades como consecuencia de sus limitaciones. Lo que no significa que lo necesario sea lo esencial en la vida humana. Lo sustantivo y esencial es la búsqueda del alma humana del fundamento último de lo real. Las certidumbres biológicas, insistimos, son firmes, están principalmente fuera del azar. La finalidad del «proyecto vital», insistimos, no resulta inteligente sustituirlo simplemente por el azar.

El principio de causalidad, en suma, dice algo tan evidente a la inteligencia universal humana cómo que no hay efecto sin causa, lo que permite afirmar de forma plausible que en el origen del universo y la vida humana hay una primera Causa. La existencia de Dios, en consecuencia, debe ser considerada como un hecho de inteligencia natural.