De estirpe baudelariana

«Ted Berrigan» (1967), obra de referencia
«Ted Berrigan» (1967), obra de referencia

Alex Katz es un inmenso pintor. Como el californiano Ed Ruscha, se lo debo al siempre recordado Carlos Alcolea. He comisariado dos exposiciones suyas, una en el IVAM, en 1996, y otra en el IMMA de Dublín en 2007. Su manera sintética, elíptica, línea clara, de decir su tierra natal, y concretamente la ciudad de Nueva York, es sólo suya, aunque revele una inteligente asimilación de influencias anteriores, entre ellas Matisse, Bonnard, Marquet, Milton Avery... Por ese lado, a sus 83 años cabe considerarlo como el mejor pintor figurativo americano de nuestros días, una especie de heredero de Hopper. Entre sus retratos los hay de Frank O'Hara, Ted Berrigan, Kenneth Koch y de otros de los poetas de la Escuela de Nueva York. Un dilatado –y entrañable– ciclo doméstico es el de sus efigies de Ada, su mujer, una de las cuales (una versión de «Red Smile») pertenece al Reina Sofía, y que deben ser contempladas junto a las de Vincent, su hijo, y Vivien, su nuera, así con algunos autorretratos, el más conocido de los cuales, el sofisticado «Passing», con sombrero, de 1960, está en el MoMA. En aquellos «sixties» hubo quien leyó cuadros como éste en clave pop, algo que hoy parece difícil. Me emocionan especialmente –y creo que la pintura de Katz tiene que ver con la emoción, y a menudo con una poesía urbana de estirpe baudelariana– los cuadros inspirados en la noche neoyorquina, el primero de los cuales, el inmenso «Wet Evening» (1986), está en el IVAM. Alex Katz, sí, es un inmenso pintor, y nada tiene de extraño que para inaugurar el nuevo espacio madrileño que simboliza la fusión de sus dos galerías, Javier López y el portugués Mário Sequeira, que estos últimos años han trabajado ambos con él, lo hayan elegido como bandera de excelencia.