Vicente Parra: Alfonso XII el rey de la pantalla

Fallecido en 1997, protagonizó «¿Dónde vas triste de ti?», que LA RAZÓN regala el próximo viernes

Ya muy enfermo, hinchado por la medicación, haciendo esfuerzos para respirar con normalidad tras cualquier movimiento, apoyado en su bastón con empuñadura de plata, Vicente Parra me contaba que cada vez que cogía un taxi para ir a la clínica de Puerta de Hierro a recibir sus habituales sesiones de radioterapia, raro era el taxista que no le saludaba con un: «Don Alfonso, ¿adónde vamos?».

–Eso te lo dirán los monárquicos, Vicente– le decía yo.
–Qué va. Aquí, cuando un rey cae bien, son monárquicos hasta los republicanos. Y te puedo asegurar que Alfonso XII caía muy bien.

–En buena parte por ti...
–En buena parte por las películas «¿Dónde vas Alfonso XII?» y «¿Dónde vas triste de ti?».
Vicente, tocado por el ala negra de la Parca (murió en 1997 de un cáncer de pulmón), estaba convencido, y así lo decía a quien quisiera escucharle, de que esas películas eran para los españoles algo así como «Lo que el viento se llevó» para los americanos. Yo hablaba con él en el 96, cuando aún luchaba por convencerse a sí mismo, la verdad es que cada vez con menos fe, de que en unos meses podría volver al teatro, quizá con la obra «Los padres terribles» de Cocteau y en la compañía de sus bien amadas Nati Mistral y Amparo Rivelles. Era la obra que había tenido que abandonar por el cáncer, primero de próstata y luego de pulmón. En «¿Dónde vas triste de ti?», la invitable secuela del gran éxito que supuso «¿Dónde vas Alfonso XII?» y que LA RAZÓN regala a sus lectores el próximo viernes, el rey moría de tuberculosis poco después de haber fallecido su esposa, María de las Mercedes, y de su boda por razones sucesorias con María Cristina de Habsburgo, archiduquesa de Austria, de la que, según los historiadores o los «mariñas» de aquella época, el frágil Alfonso no estaba enamorado: sólo afecto sentía por su nueva esposa, que le dio un hijo cuando ya estaba enterrado.

Estas películas llenaron de lágrimas los cines de España, y hasta tal punto caló la emoción en el sentir popular que algunos analistas diagnosticaron que estaban destinadas a preparar el advenimiento de la monarquía borbónica, bien encarnada en la figura de Don Alfonso de Borbón Dampierre, favorito de doña Carmen Polo de Franco, o en la de Juan Carlos de Borbón y Borbón, favorito del propio Franco. El diagnóstico no era exagerado para los bien informados, sabedores de que, en el fondo, Franco era monárquico. Esto no era un secreto ya en los 60, años en los que Parra vivía en un gran piso de la Plaza de España junto al de Sara Montiel. Sara pasaba todo el día prácticamente en casa de Vicente, bien atendida por la «tata» Isabel –38 años al servicio del actor–, hasta que la entrañable amistad se rompió sin que se devolvieran los rosarios de sus madres ni tan siquiera los juegos de té de porcelana de la Cartuja. Cosas de la vida.
 
Parra se convirtió en el actor más popular del momento. Le gustaba recordar el viaje que Paquita Rico y él hicieron a Estoril para presentar la película en una gala benéfica a la que asistieron Don Juan de Borbón, padre del actual Rey, y su esposa María de las Mercedes. Tras la proyección, los Condes de Barcelona les ofrecieron un cóctel en Villa Giralda.
–Saludé a Don Juan con una leve inclinación de cabeza –me contaba Vicente–, y él, tan campechano siempre, me dijo riendo: «¡Por favor, Vicente, si eres mi abuelo!». Luego, ya en animada charla, me comentó que se había emocionado varias veces durante la proyección. Yo te digo que no pudo contener las lágrimas cuando vio mi entrada en Madrid, montado en un caballo blanco. Me agarró del brazo y me lo apretó tanto que me hizo daño.

–¿Y la Condesa de Barcelona, qué te dijo?
–Ella se emocionó mucho más, lloró mucho. Ahora, cada vez que va al teatro a verme, se interesa muy especialmente por mí, por mis cosas, y siempre me dice lo mismo: «Vicente, nunca olvides aquel viaje a Estoril encarnando a Alfonso XII». Han visto tantas veces las películas en las que hago de Alfonso XII, que ya me consideran de la familia.

Quizá fue el único actor que estuvo en el entierro de Don Juan. La vida de Parra, a partir de estos éxitos, quedó enmarcada en plata repujada, como los retratos finamente dedicados de la Familia Real que entonces descansaban en las mesas cubiertas de satén de su casa, a los pies de los cuadros de reyes, santos y bailaoras. Se le adhirió a la foto de galán un color sepia de noble sin título (debieron nombrarle al menos marqués de Oliva, su pueblo valenciano) y anillo con escudo en el meñique. Le recuerdo emocionado, contándome que en una recepción de Don Juan Carlos I a los actores, cuando él le saludó con un enfático «¡Señor!», él le replicó riendo: «¡Majestad!». Y no menos emocionado, también recordaba lo que en cierta ocasión, en el Museo Thyssen, le había dicho la Infanta Pilar de Borbón: «Se lo he oído decir a mi padre muchas veces: "Parra, con su interpretación de Alfonso XII en el cine, ha hecho más por la monarquía española que ningún político». Sí, Vicente, lo dijo muchas veces». Los taxistas le llamaban don Alfonso y el Rey, majestad. Ya me contarán si no era para sentirse de la familia.